II - La niña y la lectura

Yo era una niña alucinada: las cosas me sorprendían mucho, muchísimo. Quizás eso sea lo normal, o lo deseable en los “locos bajitos”, que todo les maraville y yo no era tan especial... Gracias a la divinidad del gusto de cada uno de los que lea esto, nunca, jamás, he perdido esa capacidad. Cada vez que conozco, (en el sentido de averiguar por el conocimiento), algo nuevo, me quedo hechizada. Esto me llevaría a hablar de lo que llamo “tirar del hilo” y me acabo de dar cuenta de que eso, a su vez, me alejaría de la idea de este escrito, que como anunciaba el título, era tratar de explicar mi relación con el hábito de la lectura. Si soy capaz de anotar mentalmente y de recordar eso, lo comentaré en otro texto... lo de “tirar del hilo”, digo.

En realidad, no voy a explicar lo que leo, ni cuánto, ni cómo... lo que de verdad pretendo es compartir el recuerdo, o los recuerdos, de mis primeros contactos con las letras.

He empezado explicando que yo era una cría con mucha capacidad de sorpresa, es cierto. La primera imagen relacionada con ello y con las letras que me viene a la mente, es esta:

Mi madre y yo estábamos sentadas en una sala: era grande, aunque no especialmente acogedora según mi recuerdo. Las paredes eran blancas y había arrimaderos de madera en todas ellas. Se trataba de la residencia de Cavallers, donde pasábamos parte de las vacaciones de verano y esa sala era la sala común, donde los residentes se sentaban a jugar al dominó, a las cartas, al parchís; donde se hacían los concursos de disfraces cada verano, o donde se organizaban los bailes. También era la sala de la televisión: un aparato reposaba en una repisa en lo alto de una de las paredes y se disponían un montón de sillas enfrente, como solía hacerse en tantos lugares a principios de los años setenta.

Recuerdo la pantalla negra y unos signos blancos, como si los viera ahora mismo. Yo ya sabía que aquello eran letras, pero no había aprendido el código secreto de los adultos y de los niños mayores, que servía para traducirlos en palabras. ¡Y esto era algo que me intranquilizaba muchísimo! ¡Todos eran partícipes de un secreto que yo desconocía! Eran capaces de dar un sentido a los signos, darles vida, ¡era un lenguaje nuevo, una lengua que yo no podía dejar de aprender!

Sabía perfectamente, porque mi madre me leía cuentos y alguna poesía, que con aquel montón de letras no solo se componían palabras, sino que encerraban historias, ideas y que todo el universo estaba encerrado en el código secreto. La niña alucinada no podía obviarlo: si era capaz de descifrar la clave, ¡lo podía saber todo!

Estábamos en la pantalla negra con sus letras blancas. Evidentemente, como ocurría siempre, la pregunta salió sola de mi boca:
- “¿Qué pone, mamá?”.
-“Cine-club.”

Yo no sabía exactamente lo que era un cine-club, pero entendía que iban a dar una película. No me interesaba: no solía entender demasiado las películas, así que mi imaginación se
escabullía a los pocos minutos. Lo único que me resultó interesante en la respuesta de mi madre, fue su capacidad de lectura.

- “Y yo, ¿cuándo voy a poder leerlo sola, mamá?”
-“En cuanto aprendas todas las letras y como ponerlas juntas”.
-“¿Es difícil?”. En mi cabecita ya hervía la idea, solo tenía que intentar que mi madre se diera cuenta... Y se dio:
-“No, con las ganas que tienes, en un rato, está claro. Mañana empezarás.”

Y así fue: dicho y hecho. A la mañana siguiente, mi madre había preparado unos folios con un montón de aquellos maravillosos signos escritos en ellos. Me explicó que era cuestión de saber reproducirlos y de recordar cuál correspondía a cada sonido.

Aquello fue el mejor descubrimiento de toda mi vida.

No voy a contar las mañanas siguientes, pero cualquiera las puede imaginar; la niña sorprendida descubría constantemente sílabas y formas; mayúsculas y puntuaciones. Se abrió un mundo fabuloso a mis ojos. Era tal la sed de letras que sentía, que a los pocos días dejé de preguntar a mi madre por las palabras que veía escritas: yo misma las leía y si me equivocaba las estudiaba, les preguntaba porque no podía pronunciarlas correctamente y finalmente, caían rendidas a mis encantos infantiles.

Al volver en septiembre a la escuela y comprobar que aquel curso estaba repleto de cuadernos verdes y amarillos de caligrafía, me sentí disgustada: si yo había aprendido a leer y a escribir, ¿por qué teníamos que perder el tiempo repitiéndolo? ¿No podía todo el mundo haber hecho lo mismo, para ganar tiempo? Me costó un poco aceptar que mis compañeros estaban más interesados en darle patadas a un balón, o en saltar a la comba, que en descubrir el misterio de las letras. Acabé entendiendo que cada cual tiene su ritmo y tuve la suerte de que también mi maestra supo respetar el mío. Para evitar que me aburriese como una ostra y, -todo hay que decirlo-, que molestase a los demás parloteando sin parar mientras intentaban copiar las sílabas del cuadernillo, me puso delante un montón de libros y me permitió empezar a leer. ¡Había llegado al paraíso! Por fin conocía el código, lo sabía aplicar correctamente y me daban las llaves de la caja de los secretos; porque estaba segura de que ahí dentro, en aquellos libros, estaba todo.


Y no me equivoqué: estaba.

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