Yo era una niña alucinada: las cosas me sorprendían mucho,
muchísimo. Quizás eso sea lo normal, o lo deseable en los “locos bajitos”, que
todo les maraville y yo no era tan especial... Gracias a la divinidad del gusto
de cada uno de los que lea esto, nunca, jamás, he perdido esa capacidad. Cada
vez que conozco, (en el sentido de averiguar por el conocimiento), algo nuevo,
me quedo hechizada. Esto me llevaría a hablar de lo que llamo “tirar del hilo”
y me acabo de dar cuenta de que eso, a su vez, me alejaría de la idea de este
escrito, que como anunciaba el título, era tratar de explicar mi relación con
el hábito de la lectura. Si soy capaz de anotar mentalmente y de recordar eso,
lo comentaré en otro texto... lo de “tirar del hilo”, digo.
En realidad, no voy a explicar lo que leo, ni cuánto, ni
cómo... lo que de verdad pretendo es compartir el recuerdo, o los recuerdos, de
mis primeros contactos con las letras.
He empezado explicando que yo era una cría con mucha
capacidad de sorpresa, es cierto. La primera imagen relacionada con ello y con
las letras que me viene a la mente, es esta:
Mi madre y yo estábamos sentadas en una sala: era grande,
aunque no especialmente acogedora según mi recuerdo. Las paredes eran blancas y
había arrimaderos de madera en todas ellas. Se trataba de la residencia de
Cavallers, donde pasábamos parte de las vacaciones de verano y esa sala era la
sala común, donde los residentes se sentaban a jugar al dominó, a las cartas,
al parchís; donde se hacían los concursos de disfraces cada verano, o donde se
organizaban los bailes. También era la sala de la televisión: un aparato
reposaba en una repisa en lo alto de una de las paredes y se disponían un
montón de sillas enfrente, como solía hacerse en tantos lugares a principios de
los años setenta.
Recuerdo la pantalla negra y unos signos blancos, como si
los viera ahora mismo. Yo ya sabía que aquello eran letras, pero no había
aprendido el código secreto de los adultos y de los niños mayores, que servía
para traducirlos en palabras. ¡Y esto era algo que me intranquilizaba
muchísimo! ¡Todos eran partícipes de un secreto que yo desconocía! Eran capaces
de dar un sentido a los signos, darles vida, ¡era un lenguaje nuevo, una lengua
que yo no podía dejar de aprender!
Sabía perfectamente, porque mi madre me leía cuentos y
alguna poesía, que con aquel montón de letras no solo se componían palabras,
sino que encerraban historias, ideas y que todo el universo estaba encerrado en
el código secreto. La niña alucinada no podía obviarlo: si era capaz de
descifrar la clave, ¡lo podía saber todo!
Estábamos en la pantalla negra con sus letras blancas.
Evidentemente, como ocurría siempre, la pregunta salió sola de mi boca:
- “¿Qué pone, mamá?”.
-“Cine-club.”
Yo no sabía exactamente lo que era un cine-club, pero
entendía que iban a dar una película. No me interesaba: no solía entender
demasiado las películas, así que mi imaginación se
escabullía a los pocos minutos. Lo único que me resultó
interesante en la respuesta de mi madre, fue su capacidad de lectura.
- “Y yo, ¿cuándo voy a poder leerlo sola, mamá?”
-“En cuanto aprendas todas las letras y como ponerlas
juntas”.
-“¿Es difícil?”. En mi cabecita ya hervía la idea, solo
tenía que intentar que mi madre se diera cuenta... Y se dio:
-“No, con las ganas que tienes, en un rato, está claro.
Mañana empezarás.”
Y así fue: dicho y hecho. A la mañana siguiente, mi madre
había preparado unos folios con un montón de aquellos maravillosos signos
escritos en ellos. Me explicó que era cuestión de saber reproducirlos y de
recordar cuál correspondía a cada sonido.
Aquello fue el mejor descubrimiento de toda mi vida.
No voy a contar las mañanas siguientes, pero cualquiera las
puede imaginar; la niña sorprendida descubría constantemente sílabas y formas;
mayúsculas y puntuaciones. Se abrió un mundo fabuloso a mis ojos. Era tal la
sed de letras que sentía, que a los pocos días dejé de preguntar a mi madre por
las palabras que veía escritas: yo misma las leía y si me equivocaba las
estudiaba, les preguntaba porque no podía pronunciarlas correctamente y
finalmente, caían rendidas a mis encantos infantiles.
Al volver en septiembre a la escuela y comprobar que aquel
curso estaba repleto de cuadernos verdes y amarillos de caligrafía, me sentí
disgustada: si yo había aprendido a leer y a escribir, ¿por qué teníamos que
perder el tiempo repitiéndolo? ¿No podía todo el mundo haber hecho lo mismo,
para ganar tiempo? Me costó un poco aceptar que mis compañeros estaban más
interesados en darle patadas a un balón, o en saltar a la comba, que en
descubrir el misterio de las letras. Acabé entendiendo que cada cual tiene su
ritmo y tuve la suerte de que también mi maestra supo respetar el mío. Para
evitar que me aburriese como una ostra y, -todo hay que decirlo-, que molestase
a los demás parloteando sin parar mientras intentaban copiar las sílabas del
cuadernillo, me puso delante un montón de libros y me permitió empezar a leer.
¡Había llegado al paraíso! Por fin conocía el código, lo sabía aplicar
correctamente y me daban las llaves de la caja de los secretos; porque estaba
segura de que ahí dentro, en aquellos libros, estaba todo.
Y no me equivoqué: estaba.
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