Los capítulos del recuerdo III


PATACHOU Y EL DICTADO

Era pequeña, no sé qué edad tendría, pero empezaba a escribir. Nos enseñaban a escribir con pluma estilográfica (ya sin tintero, no soy tan vieja, iban con cartuchos). Teníamos el triple trabajo de escribir lo que dictaba la maestra, de intentar hacerlo por supuesto sin faltas de ortografía y al tiempo, de conseguir que nuestra pluma soltase un hilo de tinta constante, sin borrones ni gotas "ensuciadoras". No era una tarea fácil: debíamos ejercer una presión continua, de manera que nuestra grafía no se truncase, sin apretar excesivamente para no doblar la plumilla.
Si mi cerebro recrea eso en imágenes, lo más recurrente es verme a mí misma absorta e inclinada sobre mi libreta, mordiéndome la lengua en señal de esfuerzo...
Un día, un día muy concreto que no se me borra jamás de la memoria, la maestra anunció que no haríamos un dictado: íbamos a leer uno de los relatos de nuestro libro de lectura. (¡Qué bien, hoy no me muerdo la lengua!)... Qué poco me imaginaba yo que aquella lectura se me iba a incrustar en el cerebro y que cuarenta años más tarde, aún la recordaría...
La cosa era más o menos así:
Patachou (un niño que en las lecturas infantiles francesas es personaje recurrente), está en clase con sus compañeros y su maestro les pide que cojan sus cuadernos. La palabra fatídica no tarda en llegar: ¡dictado!
Con más miedo que entusiasmo, Patachou y sus compañeros sacan de sus plumieres las estilográficas.
Las palabras empiezan a surcar el aire de la clase: lentas, bien pronunciadas, repetidas varias veces por la voz monótona del profesor, que se pasea arriba y abajo entre los pupitres.
Patachou, con la cabeza inclinada sobre la hoja, se muerde la lengua y medita cada sílaba, cada letra, antes de dejar que la tinta azul se incruste en el cuaderno.
De pronto, cuando más concentrado está en su tarea, escucha un zumbido monótono y persistente alrededor de su cabeza. Sin hacer caso, se inclina un poco más, para no perder el hilo del dictado... Pero el zumbido, molesto, no cesa. Finalmente, Patachou levanta la cabeza contrariado, molesto por aquella distracción. Ahí está: negra, fea y asquerosa, una enorme mosca insiste en dar vueltas alrededor de su libreta. Patachou la mira, intenta espantarla con la mano, pero no hay nada que hacer. El moscardón traza círculos cada vez más pequeños sobre la hoja blanca del dictado, amenazante. El niño se fija en ella: tiene unas patas terribles, y ganchudas, como garfios y parece pesar muchísimo más que una mosca corriente. ¡Es una falta de ortografía! ¡Ahora lo ve claro! ¡Las patas del insecto son en realidad gruesas gotas de tinta pegajosa y están buscando afanosamente el renglón de su dictado más adecuado para posarse! Angustiado y nervioso, Patachou intenta volver a concentrarse en la voz de su maestro, pero es demasiado tarde. Su distracción le obliga a correr, a escribir atropelladamente las dos últimas palabras, apretando la plumilla de su estilográfica contra el papel. Y ahí fue: el díptero molesto aterrizó bruscamente sobre la última, pegando sus patas húmedas sobre la caligrafía de Patachou. Emborronó, tachó, y rayó el niño la libreta. Cuanto más se esforzaba, peor era el resultado: ahí estaba, fea, llamativa, sucia y tosca, la falta de ortografía.

No puedo evitar ver a Patachou y a mí misma a su edad, cada vez que escribo... Y no será que las feas moscas de las faltas no me sobrevuelen, pero dentro de lo posible, intento usar buenos insecticidas y poner el mayor cuidado... Disculpad las faltas.


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