Me crié en una casa grande, muy grande, en una ciudad mediana, en un país grande. En mis primeros recuerdos siempre hay perros: pastores, guardianes, cursis, locos...
Pertenezco a una familia que dejó su tierra y sus raíces para empezar una vida nueva: les fue bien, muy bien, quizás porque no fueron de los que marcharon con una mano delante y otra detrás, o quizás porque les acompañó la suerte.
De mis dos abuelos aprendí la tolerancia: eran las dos personas más diferentes del mundo y en cambio se llevaban estupendamente. El uno provenía de un pueblo de Salamanca y no aprendió a leer y a escribir hasta que marchó a Madrid, para hacer de mozo de una tienda. Y vamos, que si aprendió: conservo las cartas que años después le dirigió a la que un día sería mi abuela y tiene una prosa preciosa y ¡ni una sola falta! El otro, había nacido en otro pueblecito del Pla d’Urgell y muy jovencito sintió vocación religiosa, por lo que prácticamente se crió en el seminario de la Seu d’Urgell, de cual tuvo que salir siendo un adolescente, para ayudar a su familia. Si los abuelos eran tan diferentes, era porque el primero se cultivó en las células comunistas de Madrid, mientras el otro era de talante conservador, profundamente creyente (aunque nunca hizo proselitismo), con la cultura propia del que parecía que estaba destinado a ser sacerdote. Un abuelo cura y un abuelo rojo. Porque mi abuelo cura, siempre fue cura: a pesar de casarse, de tener familia, él era Mosén Ventura (y aquí los que hayan conocido a Joan Capri pueden reírse, pero es la pura verdad). Y mi abuelo rojo, siempre fue rojo: no importó que llegase el eurocomunismo, que la Unión Soviética ya no fuera lo que para él había sido, el abuelo Ricardo murió rojo. Les unía en cambio el odio a la violencia, la firme creencia de que los seres humanos son todos iguales sea cual sea su apariencia y la seguridad de que solo a través de la cultura se puede ser libre.
El “avi Ventura”, inculcó, primero en su hija, después en sus nietos, el amor a una lengua que no se oía en aquellas calles, que no era la del abuelo, la de papá, la de la abuela y la de tantísimos vecinos. Era como un juego: teníamos una clave secreta que solo utilizábamos entre nosotros durante gran parte del año. ..El “abuelo Ricardo” encontró otras maneras de desarrollar ese amor a la libertad y a la cultura: fue “passeur” en los Pirineos, ayudando a otros republicanos a huir, se jugaba el cuello en la Resistencia...Bueno, tantas cosas que me contaron y muchas que seguramente callaron... Cuando todo aquello pasó, se dedicó durante muchos años, cada tarde, a alfabetizar a las trabajadoras españolas que empleaba en su fábrica. Y así es como yo le recuerdo: sentado a la mesa de una cocina exageradamente grande, con tres planchadoras, y explicándoles que las cartas para su familia debían escribirlas ellas mismas... ¡Y lo conseguían!
Y así crecí: con una madre profundamente libre, hija de un abuelo cura que desde el día en que llegaron a su nuevo hogar solo le habló catalán; con otro abuelo rojo, con un precioso hablar charro, que luchaba para que ninguna de sus trabajadoras necesitase quién le escribiese las cartas o le rellenase un formulario; con un papá loco por los muebles antiguos y por la escenografía; en una ciudad mediana, de un país grande, que intentaba enseñarme los valores de la République, mientras en casa intentaban enseñarme a ser libre.
Y, ¿quieren que no sea rara?
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