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ALICIA EN OTRO PAIS - Paula




En la Barcelona de 1976, los niños jugaban en la calle, en las plazas; podían ir solos a la escuela. Aquella mañana de verano la abuela de Alicia la mandó a la compra.

 -¿Cómo ha probado el fin de semana? – Le preguntó la carnicera.
 -Eeeh... Bien, sí, la carne estaba muy buena. –Respondió la niña.
 -No mujer, que cómo ha probado, que cómo ha ido. 

Hacía poco que Alicia había llegado con su familia desde Argentina, así que aún no comprendía algunas expresiones que se usaban en España y menos en Cataluña. El día que dijo en la escuela que había perdido “su saco”, todos se rieron (se refería a su abrigo). A ella lo que le había hecho gracia al principio, era que en lugar de “pesos” dijeran “pesetas”. Qué nombre tan ridículo para el dinero.

 Al salir del supermercado la calle bullía de calor, de tráfico y de gente que iba de un lado para otro. Desanduvo las cuatro manzanas (entonces todavía había que caminar hasta encontrar un súper), dobló la esquina y empezó a enfilar la cuesta hacia su casa. Antes de llegar al primer poste de teléfono, alguien la agarró fuertemente del brazo y le pinchó en la espalda:

 -Llevo una navaja, no grites o te clavo la navaja, ¿eh?

No pudo verle la cara, con la bolsa de la compra en una mano y el otro brazo sujeto por aquel tipo, notando el pinchazo, acató la orden de cambiar de dirección y empezar a caminar a paso ligero, casi a correr, hacia donde él la llevara.

 -“Como hagas algún movimiento en falso te clavo la navaja”.

 Una frase de película. Estaba en una película.

 Intentaba poner cara de desesperación para que los transeúntes captaran lo que estaba pasando. Miró fijamente a los conductores de los vehículos atascados en la estrecha calle, la suya, suplicando con los ojos, atrapada, corriendo en dirección contraria a su casa. Pero nadie la miraba y si lo hacían desviaban la vista. Se cruzó con algunos amigos de los que bajaban a la plaza Rovira cada tarde.

 -¡Hey Ali! ¡Adéu!

Si esos niños con quienes había jugado tantas veces, si ellos que la conocían, no habían notado que estaba siendo secuestrada... todo estaba perdido. A saber lo que le esperaba.   Corrieron tres manzanas más, el brazo izquierdo agarrado, una navaja (tal vez solo una uña) en la espalda y la bolsa de la compra en la mano derecha, como cuando salió del súper pensando en las palabras de la carnicera.

-¡Ricardoooo! ¡Que es el hijoputa! ¡Vamos! - Oyó a lo lejos, en la película que estaba viviendo.

El tipo la soltó y echó a correr.

¿Estaba salvada?

Se quedó apoyada contra una pared, aferrando la bolsa, entre un corro de gente que preguntaba y miraba y señalaba el camino por donde el hombre había huido. Sus amigos la habían salvado, Aurelio se había dado cuenta de que el acompañante de Alicia no tenía buena pinta, de que ella llevaba el rostro desencajado y de que no respondió a su saludo. Estuvo despierto.

(Siempre estaré agradecida a Aurelio; aunque nos vimos más días por el barrio y no hablamos del tema. Aquella noche dormí bajo los efectos de medio Aneurol  (que me disolvió en el Cola Cao la novia de mi padre), lo que me permitió superar el episodio sin caer en la cuenta de que tenía que darle las gracias por haberme salvado de una violación.)

Acompañaron a la niña hasta su casa, a su abuela casi le da un infarto al saber lo que había pasado. No era solo que se hubieran roto tres o cuatro huevos de los que llevaba en la bolsa, había sido algo más grave.

Llamaron a su padre, que cuando lo supo montó en cólera. En la comisaría gritaba como un poseso:

-¿Pero esto qué es? ¿Cómo mi hija no puede ir por la calle a la una del mediodía? ¿Y si no llega a cruzarse con sus amigos, qué le hubiera pasado? ¡La han salvado unos niños de diez años! ¡Yo tengo que salir de viaje! ¿Cómo voy a irme sabiendo que pueden pasar estas cosas, que mi hija no está segura aquí? ¿Cómo es posible que pase esto en este país? ¿Para eso nos fuimos de Argentina? ¿Es que no van a hacer nada?

Los policías eran policías y duchos en parsimonia: Si señor, tranquilo señor, ya teníamos previsto poner algunos agentes de paisano por el barrio.

Cuando Alicia escuchó eso se imaginó a los “agentes de paisano” vestidos con poncho y boleadoras, ah, no, que estaba en España: vestidos de joteros. No entendía cómo iban a pasar desapercibidos con esa indumentaria. Luego aprendió que vestir de paisano significaba simplemente vestir de calle.

Meses después recibió la feliz noticia de que habían capturado a aquel tipo: lo sorprendieron espiando por el respiradero del gimnasio de un colegio de monjas. Las paredes de su casa estaban repletas de fotos de niñas tomadas en los parques, las plazas, las calles de Barcelona.

Hoy, con Internet, no le hubieran hecho falta.

Ya han pasado treinta años y aparte de ser consciente de su buena suerte, hay un resquemor que cada vez toma más cuerpo en la mente de Alicia: tiene que encontrar a aquel chico y agradecerle lo que hizo, es muy probable que él no recuerde que fue un héroe. Aurelio la salvó de algo terrorífico, le salvó la vida: gracias a su afortunada reacción, a su lucidez y compañerismo, ella siguió creciendo sin demasiados problemas.


Aunque no volvió a bajar sola a la calle.


PAULA



CADAQUÉS I RES MÉS - Paula


“Si la vista no me engaña, veo Torroella en la montaña”, decía mi padre y entonces mi hermano y yo sabíamos que quedaba, más o menos, la mitad del viaje: el viaje de cada verano en aquel Seat 850 al que llamábamos “la albóndiga”. Aunque faltaran solo treinta kilómetros, de los doscientos y tantos que tiene el trayecto, los últimos eran tan tortuosos que se nos multiplicaban por mil. ¡Qué curvas, qué mareo, qué vomitadas! Apoteósicas, como aquella vez que nos vimos rodeados por dos incendios, (me sorprende que aún queden árboles en esas montañas, las he visto arder tantas veces...). Aquel día aparte del mareo nos moríamos de miedo, la gente del pueblo hizo una cadena con cubos de agua... Vomitamos dos veces cada uno, lo que propició que, en años posteriores, mi padre se decidiera a tomar precauciones antes de salir.
Cuando empezaron a darnos Biodramina dejamos de marearnos. ¡Íbamos de un contento! Empecé a hacerme con el paisaje y me apropié de él. Desde que salíamos de Barcelona observaba los cambios y disfrutaba de todo: las obras en construcción, los campos de cultivo... Muchas veces nos parábamos a robar mazorcas de maíz, era un aliciente, una transgresión servida en bandeja por mi padre para nosotros, creo que con la intención de crear un recuerdo y que efectivamente permanece en el inventario de nuestras pequeñas aventuras.
Verano tras verano, empecé a controlar el momento preciso en que las curvas iban a terminar. En mi cabeza redoblaba los tambores al comprobar que ya casi habíamos llegado, que habían pasado los doscientos yo qué sé kilómetros en dos horas de charlas y risas.
Entonces aparecía, detrás de una curva exacta, Cadaqués.
Casi nada.
El pueblo más bonito del mundo. Mi pueblo.
Mi pueblecito marinero de calles de piedra y casas encaladas con tejados de pizarra.
El mejor decorado para cualquier recuerdo.
Con Maya Rolando, a quien me gustaría volver a ver, cogíamos piedras de esas tan planas de la playa, les pegábamos un trocito de coral (encontrado en la playa, por imposible que parezca ahora) o una conchita, o unas flores de genista y con letras de pasta de sopa escribíamos: “Cadaqués i res més” y las vendíamos a diez, quince o veinticinco pesetas. Eran souvenirs originales vendidos por dos niñas encantadoras... Y embaucadoras. Aprendimos a decir los precios en varios idiomas. Con la picaresca de la infancia enredábamos a los turistas, sobre todo a los italianos, que se llevaban piedras para la “mamma” y para toda la familia.
Las vendíamos todas: en Cadaqués empecé a comerciar con éxito, a asociarme y ahora tengo una tienda, un socio y entre otras cosas vendo anillos hechos con piedrecitas de la playa. ¿Coincidencia? No lo creo. Es magia.
Quien haya estado alguna vez, sabrá que es un pueblo mágico.
Protegido por una iglesia en lo alto y por un faro que cada noche te guiña el ojo desde el horizonte.
También aprendí a ir en bicicleta, a caminar por el campo con la sola luz de la luna, a nadar, a mentir un poco, a pasear por el cementerio sin tener miedo, a presumir, a timonear una Zodiac, a pescar sin caña, a coger mejillones y erizos... Allí se comían pipas en el cine y nos dejaban ir a la discoteca (lo mejor del pueblo es que de pequeño ya te dejan ir a la discoteca, los padres confían, ellos saben que pertenecer a un pueblo es algo grandioso).
Y más si ese pueblo es Cadaqués.
Una tarde vimos un grupo de gente en la plaza mayor: “¡Es Dalí, es Dalí!”, escuchamos.
Mi tete fue hacia él, se le plantó delante e interrumpiendo su paseo, le gritó: ¡Hola, Dalí! Y él, en un gesto cariñoso, le alborotó el pelo.
Ahora mi hermano es un pintor de prestigio. No puede ser una coincidencia.
Cómo no guardar como un tesoro ese recuerdo, cómo no adorar a Cadaqués.
Hay que subir por toda la Costa Brava hasta llegar allí, y atravesar montañas.
-¿Cuánto falta?
-Un periquete.
Mi padre nos mentía mucho. Seguro que él creía que hacía bien, pero puedo asegurar, como víctima, que era una estrategia equivocada: Mejor nos hubiera dicho tranquilos tened paciencia faltan cien kilómetros. Lo peor era pensar que estabas llegando y no llegar y rendirte a la evidencia de que te habían mentido, que no faltaba un periquete, faltaba un periquete más los últimos quince kilómetros de carretera caracolada, encerrados en “la albóndiga”. Lo recuerdo como un sacrificio que no obstante siempre merecía la pena. Exagerando bastante, podría compararlo al dolor del parto, que queda olvidado al obtener la recompensa.
Naufragaba en las montañas sabiendo que al final avistaría el mar, mi pueblo pirata.

Hace demasiado tiempo que no me acerco por allí.
Creo que compraré unas Biodraminas infantiles y conduciré con la mayor suavidad para compartir con mis hijos el placer de llegar a esa curva exacta que nos regalará, porque ahí sigue, la panorámica del lugar más bonito del mundo.
Mi pueblo mágico.


PAULA