ESCRIBIENDO...



Más de una vez te habrás preguntado cómo hacen ciertas personas para escribir y adentrarse en tu alma, tocar tu fibra sensible o describirte sin conocerte de nada, hacer que te identifiques con sus textos.
Todas esas personas tienen un motivo para escribir. Sin excepción.
Lo cierto es que si escribes, es porque tienes algo que decir.
No sé si esto será cierto siempre, pero en mi caso lo es sin dudar.
Escribo para huir.
Huyo de los problemas, del tiempo, de las situaciones que me llaman pero no sé resolver.
Huyo de las personas conflictivas, de la tensión innecesaria, de esa realidad que a veces trae tantas decepciones.
Escribo para sellar mi perspectiva cuando me siento incomprendida, para que las letras me tomen el relevo, para desnudarme sin el riesgo de ser descubierta.
Escribo y conforme voy recopilando mis textos se va creando un mundo. El de mi auténtico yo y sus inquietudes. Esas mismas inquietudes que, si salen a la luz, desconciertan a todos porque mi yo externo aparenta no tener ninguna de ellas.
Escribo y a la vez retrato.
Hago retratos de mí, de mi punto de vista, de mis sentimientos y de las víctimas de estos, y sobre todo, hago un retrato a gran escala de mi ser que supone una síntesis de todo lo anterior.
Escribo y me dirijo a alguien. Siempre. En la comunicación no puede faltar el lazo de unión entre un emisor y un receptor a través de un mensaje.
¿Quién es mi destinatario?
Podría ser alguien que necesita ánimos o quiere dedicarse a algo pero no tiene la aprobación de los demás. Alguien que tiene mucho que dar y lo intenta demostrar, pero no consigue hacer ver al mundo sus buenas intenciones.
Podría ser el hombre al que ves todos los días y parece muy feliz hasta que recuerdas que cuanto más sonríe más tristeza oculta. El mismo que no se siente contento con su cuerpo al mirarse en el espejo por las mañanas y no sabe que a algunos kilómetros de él podría estar siendo objeto de divinización por parte de una poeta enamorada.
Podría ser la joven que renueva su espíritu escuchando composiciones hechas para el piano y cada vez que se hunde en la nostalgia se esconde en el banco en que besó por primera vez al centro de su poesía para sentirlo a su lado. La muchacha de cuerpo delgado y cabello oscuro que cubre su rostro, la que lee taciturna en las bibliotecas sin levantar la vista y viaja a otra vida para desafiar al día a día.
¿Empiezas a sentirte identificado?
¿Eres tú? ¿O soy yo?
Probablemente seamos ambos.
Porque mi creación solamente está ahí cuando yo la escribo y tú me preguntas si puedes leer.
Perdóname si te digo que no a veces. No quiero dañarte. No por ahora.
Me leerás pronto. Leerás mis textos y, con ellos, te verás a través de mis ojos. Al principio te emocionarás, no sabrás qué decirme.
Tranquilo. Ya me lo imaginaba.
No digas nada. Yo ya he dicho todo… O casi todo. Atiéndeme, aunque estés llorando en mi regazo.
No estás solo. Eres muy fuerte, tanto como tu intención de querer estar ahí siempre para todo y todos.
Cuando sonrías, hazlo de felicidad. No tengas miedo en mostrarte triste. No conmigo.
Ese cuerpo al que desprecias es el mismo que da rienda suelta a todas estas palabras. El culpable de mi atracción hacia ti. El creador de mis versos.
Y tú eres el eje de mis sentimientos irracionales.
De mi urgencia por decirte todo esto sin que lo sepas. ¿Cómo me lo dirías?, me preguntarías si me leyeras.
Y yo te respondería: escribiendo…

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