CADAQUÉS I RES MÉS - Paula


“Si la vista no me engaña, veo Torroella en la montaña”, decía mi padre y entonces mi hermano y yo sabíamos que quedaba, más o menos, la mitad del viaje: el viaje de cada verano en aquel Seat 850 al que llamábamos “la albóndiga”. Aunque faltaran solo treinta kilómetros, de los doscientos y tantos que tiene el trayecto, los últimos eran tan tortuosos que se nos multiplicaban por mil. ¡Qué curvas, qué mareo, qué vomitadas! Apoteósicas, como aquella vez que nos vimos rodeados por dos incendios, (me sorprende que aún queden árboles en esas montañas, las he visto arder tantas veces...). Aquel día aparte del mareo nos moríamos de miedo, la gente del pueblo hizo una cadena con cubos de agua... Vomitamos dos veces cada uno, lo que propició que, en años posteriores, mi padre se decidiera a tomar precauciones antes de salir.
Cuando empezaron a darnos Biodramina dejamos de marearnos. ¡Íbamos de un contento! Empecé a hacerme con el paisaje y me apropié de él. Desde que salíamos de Barcelona observaba los cambios y disfrutaba de todo: las obras en construcción, los campos de cultivo... Muchas veces nos parábamos a robar mazorcas de maíz, era un aliciente, una transgresión servida en bandeja por mi padre para nosotros, creo que con la intención de crear un recuerdo y que efectivamente permanece en el inventario de nuestras pequeñas aventuras.
Verano tras verano, empecé a controlar el momento preciso en que las curvas iban a terminar. En mi cabeza redoblaba los tambores al comprobar que ya casi habíamos llegado, que habían pasado los doscientos yo qué sé kilómetros en dos horas de charlas y risas.
Entonces aparecía, detrás de una curva exacta, Cadaqués.
Casi nada.
El pueblo más bonito del mundo. Mi pueblo.
Mi pueblecito marinero de calles de piedra y casas encaladas con tejados de pizarra.
El mejor decorado para cualquier recuerdo.
Con Maya Rolando, a quien me gustaría volver a ver, cogíamos piedras de esas tan planas de la playa, les pegábamos un trocito de coral (encontrado en la playa, por imposible que parezca ahora) o una conchita, o unas flores de genista y con letras de pasta de sopa escribíamos: “Cadaqués i res més” y las vendíamos a diez, quince o veinticinco pesetas. Eran souvenirs originales vendidos por dos niñas encantadoras... Y embaucadoras. Aprendimos a decir los precios en varios idiomas. Con la picaresca de la infancia enredábamos a los turistas, sobre todo a los italianos, que se llevaban piedras para la “mamma” y para toda la familia.
Las vendíamos todas: en Cadaqués empecé a comerciar con éxito, a asociarme y ahora tengo una tienda, un socio y entre otras cosas vendo anillos hechos con piedrecitas de la playa. ¿Coincidencia? No lo creo. Es magia.
Quien haya estado alguna vez, sabrá que es un pueblo mágico.
Protegido por una iglesia en lo alto y por un faro que cada noche te guiña el ojo desde el horizonte.
También aprendí a ir en bicicleta, a caminar por el campo con la sola luz de la luna, a nadar, a mentir un poco, a pasear por el cementerio sin tener miedo, a presumir, a timonear una Zodiac, a pescar sin caña, a coger mejillones y erizos... Allí se comían pipas en el cine y nos dejaban ir a la discoteca (lo mejor del pueblo es que de pequeño ya te dejan ir a la discoteca, los padres confían, ellos saben que pertenecer a un pueblo es algo grandioso).
Y más si ese pueblo es Cadaqués.
Una tarde vimos un grupo de gente en la plaza mayor: “¡Es Dalí, es Dalí!”, escuchamos.
Mi tete fue hacia él, se le plantó delante e interrumpiendo su paseo, le gritó: ¡Hola, Dalí! Y él, en un gesto cariñoso, le alborotó el pelo.
Ahora mi hermano es un pintor de prestigio. No puede ser una coincidencia.
Cómo no guardar como un tesoro ese recuerdo, cómo no adorar a Cadaqués.
Hay que subir por toda la Costa Brava hasta llegar allí, y atravesar montañas.
-¿Cuánto falta?
-Un periquete.
Mi padre nos mentía mucho. Seguro que él creía que hacía bien, pero puedo asegurar, como víctima, que era una estrategia equivocada: Mejor nos hubiera dicho tranquilos tened paciencia faltan cien kilómetros. Lo peor era pensar que estabas llegando y no llegar y rendirte a la evidencia de que te habían mentido, que no faltaba un periquete, faltaba un periquete más los últimos quince kilómetros de carretera caracolada, encerrados en “la albóndiga”. Lo recuerdo como un sacrificio que no obstante siempre merecía la pena. Exagerando bastante, podría compararlo al dolor del parto, que queda olvidado al obtener la recompensa.
Naufragaba en las montañas sabiendo que al final avistaría el mar, mi pueblo pirata.

Hace demasiado tiempo que no me acerco por allí.
Creo que compraré unas Biodraminas infantiles y conduciré con la mayor suavidad para compartir con mis hijos el placer de llegar a esa curva exacta que nos regalará, porque ahí sigue, la panorámica del lugar más bonito del mundo.
Mi pueblo mágico.


PAULA

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