Cada gota
de agua caída, como una hoja de calendario, como una losa de hormigón sobre la
espalda.
Así lo veía todo esa tarde... y la anterior... y una semana atrás. Y recordaba
claramente
las palabras de sus mayores: el tiempo lo cura todo, decían. Pero nadie le dijo
de
cuánto
tiempo se trataba, ni le explicó lo doloroso que resultaba el paso de ese
tiempo. Y
ahora, el
repiqueteo de esas gotas cansinas sobre los cristales, eran como miles de
cuchilladas
en las
entrañas, miles de pellizcos en el alma, cansada y entristecida.
Ser fuerte,
seguir adelante...dura tarea para quien cansada de caminar sin encontrar, solo
deseaba el
reposo, solo ansiaba un recodo tranquilo en su camino, para sentarse a
descansar,
o tal vez a
ver pasar ese tiempo, que prometían reparador milagroso de heridas.
Pero,
¿acaso podía confiar en sus poderes curativos? Ese tiempo, que ahora debía
sanar sus
llagas, era
el mismo que con su paso inexorable había alejado, minuto a minuto, día a día,
sus
anhelos,
sus esperanzas. El mismo que se había llevado todo resquicio de fortuna y de
felicidad
en las
hojas de su almanaque. ¿Debía, podía confiar en él? Un tiempo que se había
mostrado
tan
desconsiderado como los seres humanos, o como los seres inhumanos...tan falto
de
empatía...tan
frío y desalmado como los que pasaron por su lado sin verla, sin sentirla y sin
ofrecerle
el abrazo que tanto había necesitado.
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