Por tercera vez, levantó levemente el visillo, para escudriñar la
callejuela...Todavía
nada...Había pasado más de media hora, y todavía nada...Sabía que
debía esperar, que la
tardanza era lógica en una tarde como aquella, en que todo el mundo se
apresuraba en
terminar los preparativos para la fiesta...pero la impaciencia la
dominaba, y la impulsó, una vez
más, a lanzar una mirada a través de los cristales.
Era una mera ilusión, tenía que serlo...Casi deseaba que lo fuera:
prefería enfrentarse a la
posibilidad de una mente algo díscola y talvez incluso perturbada, que
a una realidad a la que
no sabía cómo enfrentarse. Tantas veces había sufrido decepciones
frente a cosas que
parecían mucho más simples, mucho más probables, que no podía creer
que la vida le sirviera
en bandeja algo así...Sin embargo tenía pruebas de que no estaba
desvariando, no eran
sensaciones creadas por una imaginación desbordada. Ahí estaban los
libros, las postales, el
frasco de perfume... y en su memoria quedaban las llamadas, las tardes
de café, los paseos por
el puerto, las sonrisas cómplices de las despedidas y algún que otro
abrazo, cálido y
reconfortante. Y ahora, por quinta vez, descorría nerviosamente los
visillos para comprobar
que todavía nada.
La sorprendió el timbre. Era imposible, no le había visto acercarse
por el callejón...no podía
ser. Poco importaba ya, ahí estaba con su sonrisa casi adolescente
iluminándole la cara y su
mirada limpia traspasándola. Como siempre. No saludó, solo acercó su
mejilla para que ella
depositara un beso de bienvenida y sin más, se alejó por el pasillo
con los paquetes, camino de
la cocina. Aún recordaba claramente cómo la primera vez se ofreció a
guardarle la compra al
ver su brazo escayolado y cómo ella, aceptó ruborizándose. Al
principio aquello la azoró, pero
ahora le parecía lo más normal del mundo. Le veía trastear en sus
armarios con la mayor
naturalidad...claro que ya hacía un año que sabía dónde guardar el
arroz y en qué estante
colocar el aceite.
Le preguntó porqué no le había visto llegar, pero no obtuvo respuesta,
aunque eso no era
extraño: tantas veces sus preguntas quedaban, al menos de momento, sin
respuesta...Solo le
vio sonreír y mirarla fijamente y solo cuando acabó de vaciar las
bolsas, contestó: “porque
para venir de donde vengo, no paso por el callejón y porque si paso
por el callejón, me ves y
no te sorprendo."
Estaba relativamente
acostumbrada a sus sorpresas, pero no imaginaba de
qué podía tratarse esta vez...Aceptó su respuesta, sin más. Como
siempre.
Seguía sentada. Nerviosa y casi asustada, pero obedeció y no se movió
del sillón en el que él la
había dejado. Ni siquiera intentó abrir los ojos, se lo había
prometido. Intentó identificar
algunos sonidos, pero fuera lo que fuera lo que hacía, lo hacía casi
en absoluto silencio,
consciente de que no debía darle pistas...Esperó, desde luego no
pacientemente, pero esperó.
Cuando al cabo de un rato le oyó volver a la salita y sintió que la
tomaba de la mano,invitándola a levantarse, se sintió aliviada.
La mesa estaba preciosa. Él le tendió una copa de vino y la abrazó.
Casi en sueños, escuchó su
brindis: “feliz vida nueva".
Cuando la besó, sintió que la realidad le golpeaba el corazón con fuerza...Y
cuando sintió de nuevo su abrazo, más cálido y fuerte que nunca, su miedo se
disipó.
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