Ya me he referido a la
gran casa familiar en alguna ocasión. Además de grande es, porque todavía
existe y goza de buena salud, una preciosa casa. No es hermosa por su
arquitectura, que es bastante simple y no demasiado ornamentada (es una casa
cuadrada, sin remilgos ni florituras), lo es por sus espacios, su disposición,
porque cada rincón se pensó para ser vivido y sobre todo, porque lo ha sido.
..............................................................................................................................
(Cuando mi abuelo llegó
a Lyon, en realidad no llegaba al oasis que hubiese soñado. Había pasado varios
años en la cárcel y sabía que si quería una vida digna para su familia,-mujer y
dos hijos en aquel momento-, debía huir. Ya durante su estancia en “el hotel”,
como él siempre llamaba a la prisión, la subsistencia se hizo muy difícil para
los suyos. Precisamente por eso, había removido cielo y tierra para que su
compañera saliera de Madrid, llevándose a los niños con ella. Y así fue como meses
antes de que él fuese liberado, una madrugada, salieron los tres hacia un
destino desconocido, dejando atrás mucho dolor, pero sabiendo que no había más
remedio. Las vicisitudes que pasó el abuelo hasta reunirse de nuevo con ellos
no son fáciles ni cortas de explicar, aunque en otro momento las desgranaré,
pero lo cierto es que huyendo de un futuro con toda seguridad negro, se
lanzaron a las fauces de otra guerra. ¡Cuánta desesperación tuvo que haber en
aquellas almas, para reunir el valor de volver a vivir un infierno semejante!
Y, por mucho que yo sepa de su historia, ¡cuánta me habrán escondido, para
librarme del peso del sufrimiento que ellos debieron pasar!
Estamos, por lo tanto,
en plena Guerra Mundial. Francia ha dejado de ser un país libre, la ocupación
nazi es un hecho. De maquis en maquis, de casa franca un casa franca, el abuelo
consigue llegar dónde le han dicho que encontrará a su familia. Derrotado,
medio muerto, pero con ese espíritu de lucha que jamás le abandonó.
Su mujer servía en casa
de un médico, en la localidad de Caluire-et-Cuire, en la zona metropolitana de
Lyon; los niños vivían en la casa, estaban bien. ¿Qué podía hacer él? No
conocía la lengua y sus últimas referencias le situaban capitaneando las tropas
republicanas... En realidad, lo supiera
él o no, todo estaba preparado. El doctor Dugoujon compartía sus ideales y era
un miembro destacado de la Resistencia. Además, era hijo de un importante
comerciante de tejidos, que aparentemente colaboraba con los nazis y su máquina
de guerra. Ricardo, o Richard como enseguida le rebautizaron, se convirtió en el
asistente del viejo Dugoujon. ¿Cómo conseguía hacerse entender? Nunca lo hemos
sabido, pero lo logró.
Al cabo de pocos meses
su trabajo le permitió salir adelante sin ayuda y poner la primera piedra de lo
que sería su nueva vida.
Cómo salió vivo de
aquella casa en la que vivieron hasta junio del 43, lo que allí pasó y porqué
es hoy un edificio querido y protegido en Caluire-et-Cuire... eso es otra
historia.
Durante varios años,
hasta el 51, vivieron todos en una casita cerca de la que ocupaba el doctor, en
realidad en la misma plaza, la place Castellane. (Siempre he pensado que al
abuelo, salmantino, eso de vivir en una plaza con ese nombre, le gustaba...). Hoy en día la casa aún existe, a pesar de
que la plaza reciba otro nombre y de que en ella se haya instalado, como no, el
Crédit Mutuel.
Y entonces fue, cuando,
definitivamente, Richard, Leonor su mujer, Toni, Louise y la pequeña Délia
fundaron el verdadero y sobre todo definitivo hogar. )
....................................................................................................................................
El abuelo compró un
terreno en el barrio que llamaban, y llaman, Cuire-le-Haut. Desde su llegada,
las cosas, -por supuesto gracias a su esfuerzo, su tenacidad y la buena
estrella que ya nunca le abandonó-, habían ido muy bien. No solo había sacado a
su familia adelante, sino que había seguido los pasos del padre del doctor
Dugoujon en el mundo de la confección y tenía sus propios talleres. La recuperación tras la guerra no fue cosa
sencilla, por supuesto, pero el país ardía en deseos de volver a ponerse en pie
y se respiraban ganas de vivir y de prosperar.
El terreno que adquirió llevaba muchos años vacío, desde que en julio
del 44 un avión aliado averiado soltó su carga explosiva... Nadie había querido
volver a construir allí: el abuelo siempre nos contó que después de lo que él
ya había pasado por aquellos tiempos, vivir encima de escombros de guerra no le
asustaba, pero que jamás hubiera comprado aquellas tierras si el avión hubiera
sido alemán...
No sé con certeza
cuánto tiempo duró la construcción de la casa, lo único que me han explicado es
que el propio abuelo colaboraba muy activamente en la obra y que dio trabajo a
unas cuantas familias de exiliados: era una de sus maneras de ayudarles a salir
adelante.
El resultado fue una
casa, -no me cansaré de repetirlo-, grande, muy grande. Tres pisos de casona
para una familia de seis personas (seis, porque en algún momento la tía Cruz,
hermana del abuelo, se sumó al grupo). Todo tenía su explicación: habían vivido
en una casa, la del doctor, dónde se alojaban “invitados especiales”,
resistentes. Siempre quiso que la suya estuviese abierta a cualquiera que
necesitase un techo y de ahí el tamaño: nunca debía faltar espacio para quién
llamase a su puerta. El aspecto del edificio tampoco era casual: construyó su
hogar a imagen y semejanza del de su amigo y salvador, Dugoujon, como homenaje
a él, a su familia y a la labor que desempeñaron en la Resistencia. El
resultado fue una hermana pequeña de la casa Dugoujon, con algunos rincones
ocultos, que afortunadamente solo fueron usados primero por los hijos y más
tarde por los nietos, sobrinos y demás criaturas del barrio.
A pesar de ser un
hombre profundamente empático y justo, el abuelo también era estricto, muy
estricto. En casa había que cumplir una serie de reglas que no se discutían.
Según siempre me han contado mi padre y mis tías, en la época en la que ellos
eran los niños de la casa, estaba terminantemente prohibido comer si no era
sentado a la mesa. En la cocina, por supuesto. (La mesa del comedor grande solo
se usaba para las comidas con invitados y la del comedor de diario era para los
adultos). En realidad ellos disfrutaban más que sufrían con aquella norma: la
cocina era el territorio casi exclusivo de la tía Cruz, que siempre tenía
historias que contar y que les mimaba y les malcriaba a espaldas de sus
padres. Cuando fuimos nosotros los
pequeños, las reglas por supuesto habían cambiado, igual que los tiempos, pero
seguían existiendo. El abuelo no nos permitía correr dentro de la casa: ¡a
correr al jardín! Papá y mamá, no querían ver un perro dentro: los perros,
igual que los niños corriendo, ¡al jardín! Tampoco a nosotros nos importaba lo
más mínimo tener que cumplir aquella regla. El jardín era agradable, amplio y
lleno de diversiones.
Pero había dos reglas
que permanecieron inmutables a pesar del paso del tiempo: la de los cuartos de
baño y la de los escondites.
La primera surgió
cuando mi padre tenía 17 años. Un sábado en el que había trabajo en el jardín y
en el que por lo tanto no le estaba permitido salir de paseo con sus amigos, mi
padre se encerró en el baño del primer piso, abrió la ventana y bajó deslizándose
por el tronco del árbol que crecía delante. Cuando le llamaron e intentaron
entrar en el baño, obviamente no obtuvieron respuesta. La puerta del cuarto fue
derribada por mi abuelo; mi abuela lloraba imaginando que algo le había pasado
a mi padre... Un pequeño drama familiar. No hubo castigo, al menos no se lo
dijeron, no hizo falta. A la semana siguiente encontró una puerta nueva apoyada
en la pared, delante del baño y una caja de herramientas a su lado. No había
pestillo para colocar; en los otros dos baños los pestillos también habían
desaparecido y jamás, a pesar de reformas posteriores, ha vuelto a haber un
pestillo en los aseos de la casa. Así quedó, perennemente prohibido, por pura
imposibilidad, encerrarse en el cuarto de aseo.
La otra regla, la de
los escondites, nació por lo visto al mismo tiempo que la casa. Cuándo idearon
aquellos pasillos adosados a ciertas partes de la pared, y aquellos pequeños
zulos, estaban pensados para “alojar” a resistentes si volvía a haber motivo
para ello. Afortunadamente, nunca nadie tuvo que usarlos para eso y siempre
fueron nuestro campo de juegos preferido. La regla decía que nunca nos podíamos
meter en ellos si no había un adulto en la casa y que siempre que lo hiciésemos
teníamos que haberlo comunicado al adulto. La última parte de la regla fue
perdiendo fuerza, porque nuestras incursiones en los escondrijos eran
constantes, teníamos incluso nuestros tesoros escondidos en ellos y pasábamos
muchísimo tiempo allí metidos; pero es cierto que siempre he respetado la
primera parte: jamás he entrado en ninguno de ellos estando sola en la casa...
En las casas de
nuestros amigos, en Caluire, era habitual jugar en la cave, el sótano. Aquellos espacios solían tener muchos rincones y
cachivaches de todo tipo y era divertido perderse entre los montones de cosas.
También pasábamos mucho tiempo en los desvanes de aquellos que los tenían, pero
en nuestra zona era mucho más habitual tener una cave que un grenier, no
sé si porque es zona de buen vino... En casa había un sótano que ocupaba toda
la extensión de la casa, pero no nos estaba tampoco permitido jugar en él: mi
abuelo tenía allí alguna máquina antigua de la fábrica y mi padre un gran
espacio que usaba como taller para sus restauraciones (la gran pasión de papá
eran, y son, los muebles de todas las épocas, hasta el punto que hizo de ello
su negocio. Pero eso, también es otra historia). Y, por supuesto, era uno de
los lugares dónde se escondía uno de los zulos, el más grande. Bajábamos al
sótano por dos puntos: la primera entrada daba al exterior, a la parte trasera
del jardín. Allí la escalera era ancha y cómoda, para poder acceder con cargas
pesadas, o con muebles y enseres voluminosos. La otra entrada estaba en mitad
del pasillo de la planta baja: una puerta estrecha, poco llamativa, empapelada
o pintada como el resto de la pared, según las épocas, las modas y las
reformas. La escalera de esta entrada era mucho más angosta, de madera pintada
siempre de blanco. Ambas escaleras
desembocaban en el mismo lugar: un gran espacio diáfano, en el que las únicas
separaciones estaban creadas por muebles o por tabiques de madera que no
llegaban al techo. Todo el espacio tenía ventanas altas, casi contra el techo,
que permitían tener bastante luz natural, excepto la pared norte. Esa pared
estaba forrada con un gran mueble con muchos compartimentos, todos llenos de
maletas, bolsas y baúles. El compartimento central acogía un par de “mundos”,
esos baúles enormes que se usaban para los largos viajes antiguamente. Eran dos
baúles preciosos, muy bien restaurados (obra del abuelo). No se podían sacar de
su cobijo, puesto que estaban clavados, instalados como si fueran una parte más
del mueble. Su secreto era el doble fondo del de la izquierda y los goznes que
llevaba, disimulados bajo el forro de tela. Sí, el mundo era en realidad una
puerta, la que daba entrada a lo que llamaban en casa “la grande oubliette”. No os imaginéis una mazmorra fría y
desangelada, porque no tenía nada de eso. Era un cuarto de unos veinte metros
cuadrados, muy bien decorado y muy acogedor. Lo único que tenía de malo es que
no tenía luz, ni natural ni artificial y que había que entrar en él con
cualquier instrumento que le alumbrase a uno. Nosotros solíamos usar, las pocas
veces que nos permitían entrar, un gran farol de baterías, que daba muchísima
luz y que duraba varias horas. En ese gran escondrijo habían dispuesto un
pequeño estudio en el que no faltaba de nada. Había un sofá que se convertía en
litera con nido, en el que podían dormir tres personas cómodamente (recuerdo
perfectamente una de las tapicerías que tuvo, con muchos pajaritos de colores,
que yo me divertía en contar...); uno de los cuadros de la pared podía bascular
y se convertía en una mesa para comer; en la pared del fondo había un armario
que de un lado servía para colgar ropa y que en la segunda puerta escondía un
fogoncito que funcionaba con una bombona pequeña de gas y detrás de una cortina
había una bañera antigua, bastante pequeña, pero suficiente para poder asearse.
(Nunca entendí, hasta que me explicaron cómo pensaban hacerlo, el porqué de la
bañera, si allí dentro no había conductos de agua con que llenarla...). El resultado era muy agradable, pero de niños
nunca nos permitieron disfrutarlo, solo entrar de vez en cuando.
Aunque lo he descrito
en pasado, en realidad el sótano y el escondrijo grande no han cambiado
tanto... Hoy en día la gran sala se ha convertido en tres espacios delimitados
con tabiques de yeso, es verdad, pero el taller de papá sigue ocupando el mismo
espacio, aunque las máquinas de la fábrica ya no estén y en su lugar haya un
montón de estanterías con productos de despensa y de limpieza. Las ventanas
siguen ahí, aunque ahora son mucho más eficientes, de aluminio cobrizo y con
cristales térmicos aislantes. Y lo mejor es que el gran mueble sigue en la
pared norte, restaurado por papá, precioso e imponente y por supuesto con los
dos baúles en su sitio, conservados como tesoros. El mecanismo de la puerta
secreta aún funciona, pero ya no se usa: papá convirtió la parte derecha del mueble
en una puerta disimulada que se abre por presión y que tiene todo el aspecto de
una biblioteca cuando permanece cerrada. No deja de ser una gran broma, puesto
que ya no es un secreto que ahí hay una habitación, pero es nuestro homenaje a
las ideas del abuelo. Dentro, la estancia apenas ha cambiado: la litera es
ahora un sofá- cama más tradicional (con una tapicería con pajaritos,
¿adivináis por qué?), sigue habiendo una mesa-cuadro basculante y el armario es
el mismo, pintado de colores vivos, pero con su fogoncito y sus colgadores. En
el rincón todavía está la misma bañerita, muy bien restaurada y ahora rodeada
de una bonita mampara y, por fin, ¡puede llenarse! El gran cambio, en realidad,
es que ahora hay una puerta que da al exterior y al lado, detrás del sofá-cama,
un ventanal que le aporta al antiguo zulo muchísima luz: se ha convertido en un
apartamento que usan los amigos que vienen de visita (¡y por supuesto con
instalación eléctrica!).
Si teníamos prohibida
la entrada al escondite grande, los demás, en cambio, eran de “nuestra
propiedad” (recordando siempre la regla del aviso previo, claro está). En mi
cuarto, -en semejante caserón todos teníamos nuestro cuarto-, el armario que
como todo era inmenso, era además un pasillo que comunicaba con uno de las
“madrigueras”. En aquella época era oscura y solo había en ella una cama, una
silla y un perchero. Lo suficiente para que yo me escondiese cuando quería leer
sin que mis hermanos viniesen a meterse conmigo... Era sobrio y algo triste,
pero tenía una buena bombilla en el techo y estaba limpio: me bastaba. (La
limpieza de nuestros escondites era cosa nuestra y condición sine qua non, revisada semanalmente,
para que nos permitiesen seguir usándolos). Hoy por supuesto sigue estando ahí,
pero también tiene acceso por el pasillo y se ha convertido en una habitación
chiquita pero alegre, donde guardo algunos de los juguetes que colecciono y que
no puedo guardar en mi propia casa. Pero os cuento un secreto: ¡yo sigo
entrando a través del armario, porque me da la sensación de entrar en mi
infancia de nuevo!
El mayor de mis
hermanos tenía su zulo en la planta baja. Yo casi nunca entraba ahí, porque el
acceso era complejo y si la entrada no era fácil, para mí la salida siempre ha
sido una aventura, así que lo evitaba y lo sigo evitando. Era un cubículo
construido en el falso techo de un retrete. Nunca entendí esa ubicación: ¡qué
desagradable podría haber resultado tener a alguien escondido ahí, si uno tenía
que usarlo! Mi hermano no le daba importancia a eso, o quizás sí, porque en
realidad siempre he pensado que hacía lo mismo que con los refrescos de la
nevera: se los “reservaba”. La realidad es que casi nadie usaba aquel lavabo,
no sé si porque sabíamos que él debía estar encima o por comodidad, igual que
nadie bebía de las botellas de la nevera si él decía que se las había
“reservado”. (Dejo a cada cual que imagine lo que nos contaba que había hecho
al beber de ellas...) Nunca he sabido muy bien lo que tenía mi hermano allí
arriba. Hoy en día hay maletas y enseres varios, que seguramente no tienen
utilidad hace ya años.
Chaarles, mi otro
hermano, usaba siempre el escondite del pasillo del primer piso, justo delante
de su habitación. Se entraba en él apretando un panel del arrimadero de madera,
después había que recorrer un par de metros en cuclillas hasta llegar a su
paraíso. Aquel rincón no estaba nada mal y aunque decíamos que era el suyo,
todos lo usamos bastante. No era tan grande como el del sótano, pero era igual
de cómodo. La cama era alta, con un cajón enorme debajo y no tenía armario,
pero sí muchos colgadores en la pared, como los que usábamos en la escuela para
dejar nuestros abrigos. En las paredes
también había un montón de mapas con carreteras marcadas y notas que yo no
entendía. Más tarde supe que tenían que ver con la época de Resistencia del
abuelo... Ahí empezó Charles a diseccionar trenes a escala, a hacer copias de
vagones antiguos y a imaginar circuitos imposibles... ¿Imposibles? ¡No! Siguen
siendo su vida, en realidad ahora mucho más que nunca. Si en mi escondrijo hoy
en día hay juguetes, en el de Charles hay trenes, montones de cajas de trenes,
etiquetadas, ordenadas cuidadosamente en las estanterías que ha ido colocando.
Escondites y
madrigueras aparte, el resto de la casa es hermoso. Si el abuelo se ocupó de
comprar buenos muebles en su momento, papá con su pasión por la decoración, la
escenografía y el mobiliario, se ha ocupado de conservarlos, restaurarlos y
mantenerlos en perfecto estado a pesar de los años. En la planta baja no ha
cambiado nada, excepto la decoración de las paredes, que ha ido siguiendo las
tendencias de cada época. Los muebles son los mismos en su gran mayoría.
Algunos se han modernizado con algún detalle, pero en general siguen intactos.
La cocina es lo único que se ha ido renovando cada diez o doce años. Nunca ha
llegado a ser una cocina moderna, porque papá no es amante de ese estilo, pero
sí que se ha acondicionado a los tiempos y se ha modernizado dentro de su
estilo clásico.
El resultado, es que
hoy en día, a pesar de lo que pueda parecer, nuestra gran casa familiar no ha
pasado de moda, sino todo lo contrario: ¡los que la ven por primera vez
comentan que es un perfecto modelo de decoración vintage! Si ellos supieran...
En realidad esa casa de
revista solo lo es en la planta baja: arriba están nuestras habitaciones y por
supuesto siempre quisimos tenerlas muy “modernas”, así que han cambiado unas
cuantas veces a lo largo de los años: probablemente nunca serán tan bonitas
como la planta baja, de la que se encarga papá, ¡qué le vamos a hacer!
El resto de cuartos de
la planta “de noche”, como siempre la hemos llamado, son grandes y muy
luminosos, pero el mobiliario ha sido cambiante: cosas de papá y de su negocio.
Siempre es impredecible lo que podemos encontrar al abrir una de esas puertas:
será un dormitorio, seguro, pero el estilo es una incógnita.
Más arriba, las dos
habitaciones de invitados, -las que se usaban antes de acondicionar el zulo
grande del sótano-, muy bonitas, con cristaleras, una terraza llena de flores y
un saloncito para los huéspedes. Y su baño, por supuesto, con entrada desde
ambos cuartos. Y al lado, al final del pasillo de esa planta, el desván, que
ocupa más o menos la mitad del piso y donde he entrado muy poco. Cuando mi
hermano desarrolló su pasión por los trenes montó ahí sus primeras grandes
maquetas, pero aparte de eso, nunca le hemos dado gran uso a esa
buhardilla.
El jardín de casa no ha
cambiado nada desde que yo era pequeña... o muy poco. Es una gran extensión que
rodea la casa, en su mayoría con césped, con parterres, zonas de flores, una
rosaleda y una piscina... ¿una piscina? No, no, no. No exageremos. ¡Lo que hay
en nuestro jardín es una charca! El
abuelo la hizo construir siendo yo muy cría, ni lo recuerdo, para mí siempre ha
estado ahí. En realidad es casi una alberca, en la que no se puede uno apenas
tirar de cabeza por miedo a partírsela contra la pared del otro lado... Siempre
hemos pensado que era una de las pocas cosas casi inútiles que construyó el
abuelo, porque el tiempo tampoco da para grandes temporadas de baño en Lyon...
pero nos hemos divertido mucho en ella y siempre sirve para remojarse en los
días más calurosos. También hay algunos árboles, que todos mimamos muchísimo.
Tres de ellos tienen exactamente la misma edad que mis hermanos y yo: un
ciprés, un pino y un olivo, que llevan nuestros nombres.
Y también está Pif. Pif
es un abeto que debe hacer unos doce o trece metros de alto, es impresionante y
tiene una salud de hierro. Pif llegó a casa en 1975 y era apenas una ramita.
Pif era regalo de la revista que leíamos los tres en casa, Pif Gadget. Cuando
en casa preguntamos si podíamos plantar aquella ramita, mamá le destinó un
lugar, muy cerca de la puerta de la cocina. Años después, tuvimos que moverlo:
¡Pif estaba tan sano y crecía tanto que era evidente que no podía quedarse
allí! Y ahí sigue, enorme, verde y elegante, dando cobijo a unas cuantas
ardillas de lo más curiosonas e irreverentes, que a la mínima, ¡se cuelan en la
cocina! También da sombra a Kali, Bitté, Médor y Ours algunos de nuestros
perros, que se echan ahí su última siesta... Y por supuesto, luce lleno de
colores, de brillos y de alegría en navidad, esperando que salgamos a saludarle
y a recoger nuestros regalos. ¡Pif es tan importante en nuestras vidas, que
creo que Papá Noël se ofendería y pasaría de largo si un día no lo ve en el
jardín, saludando con las luces! El jardín, por supuesto, también es el feudo
de los perros: los que estuvieron y los que todavía están, corretean felices y
tienen unas casetas preciosas dónde dormir. (Que nadie se escandalice, a pesar
de la prohibición, en los días más fríos, ¡duermen en casa!)
El resto del terreno
que compró el abuelo, -porque se trataba de varias parcelas inseparables-, pasó
mucho tiempo tras una valla, al fondo del jardín. Siendo mi padre y mis tías
jovencitos, lo habían usado por lo visto para hacer algunas fiestas con sus
amigos, pero durante mucho tiempo no tuvo otra utilidad. Hasta que mi padre
tuvo una loca idea que... pero de nuevo esto, es otra historia. La de La Grande
Porte, mi casa, nuestra casa, acaba aquí, de momento.
No hay comentarios:
Publicar un comentario