IV - La casa familiar

Ya me he referido a la gran casa familiar en alguna ocasión. Además de grande es, porque todavía existe y goza de buena salud, una preciosa casa. No es hermosa por su arquitectura, que es bastante simple y no demasiado ornamentada (es una casa cuadrada, sin remilgos ni florituras), lo es por sus espacios, su disposición, porque cada rincón se pensó para ser vivido y sobre todo, porque lo ha sido.
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(Cuando mi abuelo llegó a Lyon, en realidad no llegaba al oasis que hubiese soñado. Había pasado varios años en la cárcel y sabía que si quería una vida digna para su familia,-mujer y dos hijos en aquel momento-, debía huir. Ya durante su estancia en “el hotel”, como él siempre llamaba a la prisión, la subsistencia se hizo muy difícil para los suyos. Precisamente por eso, había removido cielo y tierra para que su compañera saliera de Madrid, llevándose a los niños con ella. Y así fue como meses antes de que él fuese liberado, una madrugada, salieron los tres hacia un destino desconocido, dejando atrás mucho dolor, pero sabiendo que no había más remedio. Las vicisitudes que pasó el abuelo hasta reunirse de nuevo con ellos no son fáciles ni cortas de explicar, aunque en otro momento las desgranaré, pero lo cierto es que huyendo de un futuro con toda seguridad negro, se lanzaron a las fauces de otra guerra. ¡Cuánta desesperación tuvo que haber en aquellas almas, para reunir el valor de volver a vivir un infierno semejante! Y, por mucho que yo sepa de su historia, ¡cuánta me habrán escondido, para librarme del peso del sufrimiento que ellos debieron pasar!
Estamos, por lo tanto, en plena Guerra Mundial. Francia ha dejado de ser un país libre, la ocupación nazi es un hecho. De maquis en maquis, de casa franca un casa franca, el abuelo consigue llegar dónde le han dicho que encontrará a su familia. Derrotado, medio muerto, pero con ese espíritu de lucha que jamás le abandonó.
Su mujer servía en casa de un médico, en la localidad de Caluire-et-Cuire, en la zona metropolitana de Lyon; los niños vivían en la casa, estaban bien. ¿Qué podía hacer él? No conocía la lengua y sus últimas referencias le situaban capitaneando las tropas republicanas...  En realidad, lo supiera él o no, todo estaba preparado. El doctor Dugoujon compartía sus ideales y era un miembro destacado de la Resistencia. Además, era hijo de un importante comerciante de tejidos, que aparentemente colaboraba con los nazis y su máquina de guerra. Ricardo, o Richard como enseguida le rebautizaron, se convirtió en el asistente del viejo Dugoujon. ¿Cómo conseguía hacerse entender? Nunca lo hemos sabido, pero lo logró.
Al cabo de pocos meses su trabajo le permitió salir adelante sin ayuda y poner la primera piedra de lo que sería su nueva vida.
Cómo salió vivo de aquella casa en la que vivieron hasta junio del 43, lo que allí pasó y porqué es hoy un edificio querido y protegido en Caluire-et-Cuire... eso es otra historia.
Durante varios años, hasta el 51, vivieron todos en una casita cerca de la que ocupaba el doctor, en realidad en la misma plaza, la place Castellane. (Siempre he pensado que al abuelo, salmantino, eso de vivir en una plaza con ese nombre, le gustaba...).   Hoy en día la casa aún existe, a pesar de que la plaza reciba otro nombre y de que en ella se haya instalado, como no, el Crédit Mutuel.
Y entonces fue, cuando, definitivamente, Richard, Leonor su mujer, Toni, Louise y la pequeña Délia fundaron el verdadero y sobre todo definitivo hogar. )
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El abuelo compró un terreno en el barrio que llamaban, y llaman, Cuire-le-Haut. Desde su llegada, las cosas, -por supuesto gracias a su esfuerzo, su tenacidad y la buena estrella que ya nunca le abandonó-, habían ido muy bien. No solo había sacado a su familia adelante, sino que había seguido los pasos del padre del doctor Dugoujon en el mundo de la confección y tenía sus propios talleres.  La recuperación tras la guerra no fue cosa sencilla, por supuesto, pero el país ardía en deseos de volver a ponerse en pie y se respiraban ganas de vivir y de prosperar.  El terreno que adquirió llevaba muchos años vacío, desde que en julio del 44 un avión aliado averiado soltó su carga explosiva... Nadie había querido volver a construir allí: el abuelo siempre nos contó que después de lo que él ya había pasado por aquellos tiempos, vivir encima de escombros de guerra no le asustaba, pero que jamás hubiera comprado aquellas tierras si el avión hubiera sido alemán...
No sé con certeza cuánto tiempo duró la construcción de la casa, lo único que me han explicado es que el propio abuelo colaboraba muy activamente en la obra y que dio trabajo a unas cuantas familias de exiliados: era una de sus maneras de ayudarles a salir adelante.
El resultado fue una casa, -no me cansaré de repetirlo-, grande, muy grande. Tres pisos de casona para una familia de seis personas (seis, porque en algún momento la tía Cruz, hermana del abuelo, se sumó al grupo). Todo tenía su explicación: habían vivido en una casa, la del doctor, dónde se alojaban “invitados especiales”, resistentes. Siempre quiso que la suya estuviese abierta a cualquiera que necesitase un techo y de ahí el tamaño: nunca debía faltar espacio para quién llamase a su puerta. El aspecto del edificio tampoco era casual: construyó su hogar a imagen y semejanza del de su amigo y salvador, Dugoujon, como homenaje a él, a su familia y a la labor que desempeñaron en la Resistencia. El resultado fue una hermana pequeña de la casa Dugoujon, con algunos rincones ocultos, que afortunadamente solo fueron usados primero por los hijos y más tarde por los nietos, sobrinos y demás criaturas del barrio. 
A pesar de ser un hombre profundamente empático y justo, el abuelo también era estricto, muy estricto. En casa había que cumplir una serie de reglas que no se discutían. Según siempre me han contado mi padre y mis tías, en la época en la que ellos eran los niños de la casa, estaba terminantemente prohibido comer si no era sentado a la mesa. En la cocina, por supuesto. (La mesa del comedor grande solo se usaba para las comidas con invitados y la del comedor de diario era para los adultos). En realidad ellos disfrutaban más que sufrían con aquella norma: la cocina era el territorio casi exclusivo de la tía Cruz, que siempre tenía historias que contar y que les mimaba y les malcriaba a espaldas de sus padres.  Cuando fuimos nosotros los pequeños, las reglas por supuesto habían cambiado, igual que los tiempos, pero seguían existiendo. El abuelo no nos permitía correr dentro de la casa: ¡a correr al jardín! Papá y mamá, no querían ver un perro dentro: los perros, igual que los niños corriendo, ¡al jardín! Tampoco a nosotros nos importaba lo más mínimo tener que cumplir aquella regla. El jardín era agradable, amplio y lleno de diversiones.
Pero había dos reglas que permanecieron inmutables a pesar del paso del tiempo: la de los cuartos de baño y la de los escondites.
La primera surgió cuando mi padre tenía 17 años. Un sábado en el que había trabajo en el jardín y en el que por lo tanto no le estaba permitido salir de paseo con sus amigos, mi padre se encerró en el baño del primer piso, abrió la ventana y bajó deslizándose por el tronco del árbol que crecía delante. Cuando le llamaron e intentaron entrar en el baño, obviamente no obtuvieron respuesta. La puerta del cuarto fue derribada por mi abuelo; mi abuela lloraba imaginando que algo le había pasado a mi padre... Un pequeño drama familiar. No hubo castigo, al menos no se lo dijeron, no hizo falta. A la semana siguiente encontró una puerta nueva apoyada en la pared, delante del baño y una caja de herramientas a su lado. No había pestillo para colocar; en los otros dos baños los pestillos también habían desaparecido y jamás, a pesar de reformas posteriores, ha vuelto a haber un pestillo en los aseos de la casa. Así quedó, perennemente prohibido, por pura imposibilidad, encerrarse en el cuarto de aseo.
La otra regla, la de los escondites, nació por lo visto al mismo tiempo que la casa. Cuándo idearon aquellos pasillos adosados a ciertas partes de la pared, y aquellos pequeños zulos, estaban pensados para “alojar” a resistentes si volvía a haber motivo para ello. Afortunadamente, nunca nadie tuvo que usarlos para eso y siempre fueron nuestro campo de juegos preferido. La regla decía que nunca nos podíamos meter en ellos si no había un adulto en la casa y que siempre que lo hiciésemos teníamos que haberlo comunicado al adulto. La última parte de la regla fue perdiendo fuerza, porque nuestras incursiones en los escondrijos eran constantes, teníamos incluso nuestros tesoros escondidos en ellos y pasábamos muchísimo tiempo allí metidos; pero es cierto que siempre he respetado la primera parte: jamás he entrado en ninguno de ellos estando sola en la casa...
En las casas de nuestros amigos, en Caluire, era habitual jugar en la cave, el sótano. Aquellos espacios solían tener muchos rincones y cachivaches de todo tipo y era divertido perderse entre los montones de cosas. También pasábamos mucho tiempo en los desvanes de aquellos que los tenían, pero en nuestra zona era mucho más habitual tener una cave que un grenier, no sé si porque es zona de buen vino... En casa había un sótano que ocupaba toda la extensión de la casa, pero no nos estaba tampoco permitido jugar en él: mi abuelo tenía allí alguna máquina antigua de la fábrica y mi padre un gran espacio que usaba como taller para sus restauraciones (la gran pasión de papá eran, y son, los muebles de todas las épocas, hasta el punto que hizo de ello su negocio. Pero eso, también es otra historia). Y, por supuesto, era uno de los lugares dónde se escondía uno de los zulos, el más grande. Bajábamos al sótano por dos puntos: la primera entrada daba al exterior, a la parte trasera del jardín. Allí la escalera era ancha y cómoda, para poder acceder con cargas pesadas, o con muebles y enseres voluminosos. La otra entrada estaba en mitad del pasillo de la planta baja: una puerta estrecha, poco llamativa, empapelada o pintada como el resto de la pared, según las épocas, las modas y las reformas. La escalera de esta entrada era mucho más angosta, de madera pintada siempre de blanco.  Ambas escaleras desembocaban en el mismo lugar: un gran espacio diáfano, en el que las únicas separaciones estaban creadas por muebles o por tabiques de madera que no llegaban al techo. Todo el espacio tenía ventanas altas, casi contra el techo, que permitían tener bastante luz natural, excepto la pared norte. Esa pared estaba forrada con un gran mueble con muchos compartimentos, todos llenos de maletas, bolsas y baúles. El compartimento central acogía un par de “mundos”, esos baúles enormes que se usaban para los largos viajes antiguamente. Eran dos baúles preciosos, muy bien restaurados (obra del abuelo). No se podían sacar de su cobijo, puesto que estaban clavados, instalados como si fueran una parte más del mueble. Su secreto era el doble fondo del de la izquierda y los goznes que llevaba, disimulados bajo el forro de tela. Sí, el mundo era en realidad una puerta, la que daba entrada a lo que llamaban en casa “la grande oubliette”. No os imaginéis una mazmorra fría y desangelada, porque no tenía nada de eso. Era un cuarto de unos veinte metros cuadrados, muy bien decorado y muy acogedor. Lo único que tenía de malo es que no tenía luz, ni natural ni artificial y que había que entrar en él con cualquier instrumento que le alumbrase a uno. Nosotros solíamos usar, las pocas veces que nos permitían entrar, un gran farol de baterías, que daba muchísima luz y que duraba varias horas. En ese gran escondrijo habían dispuesto un pequeño estudio en el que no faltaba de nada. Había un sofá que se convertía en litera con nido, en el que podían dormir tres personas cómodamente (recuerdo perfectamente una de las tapicerías que tuvo, con muchos pajaritos de colores, que yo me divertía en contar...); uno de los cuadros de la pared podía bascular y se convertía en una mesa para comer; en la pared del fondo había un armario que de un lado servía para colgar ropa y que en la segunda puerta escondía un fogoncito que funcionaba con una bombona pequeña de gas y detrás de una cortina había una bañera antigua, bastante pequeña, pero suficiente para poder asearse. (Nunca entendí, hasta que me explicaron cómo pensaban hacerlo, el porqué de la bañera, si allí dentro no había conductos de agua con que llenarla...).  El resultado era muy agradable, pero de niños nunca nos permitieron disfrutarlo, solo entrar de vez en cuando.
Aunque lo he descrito en pasado, en realidad el sótano y el escondrijo grande no han cambiado tanto... Hoy en día la gran sala se ha convertido en tres espacios delimitados con tabiques de yeso, es verdad, pero el taller de papá sigue ocupando el mismo espacio, aunque las máquinas de la fábrica ya no estén y en su lugar haya un montón de estanterías con productos de despensa y de limpieza. Las ventanas siguen ahí, aunque ahora son mucho más eficientes, de aluminio cobrizo y con cristales térmicos aislantes. Y lo mejor es que el gran mueble sigue en la pared norte, restaurado por papá, precioso e imponente y por supuesto con los dos baúles en su sitio, conservados como tesoros. El mecanismo de la puerta secreta aún funciona, pero ya no se usa: papá convirtió la parte derecha del mueble en una puerta disimulada que se abre por presión y que tiene todo el aspecto de una biblioteca cuando permanece cerrada. No deja de ser una gran broma, puesto que ya no es un secreto que ahí hay una habitación, pero es nuestro homenaje a las ideas del abuelo. Dentro, la estancia apenas ha cambiado: la litera es ahora un sofá- cama más tradicional (con una tapicería con pajaritos, ¿adivináis por qué?), sigue habiendo una mesa-cuadro basculante y el armario es el mismo, pintado de colores vivos, pero con su fogoncito y sus colgadores. En el rincón todavía está la misma bañerita, muy bien restaurada y ahora rodeada de una bonita mampara y, por fin, ¡puede llenarse! El gran cambio, en realidad, es que ahora hay una puerta que da al exterior y al lado, detrás del sofá-cama, un ventanal que le aporta al antiguo zulo muchísima luz: se ha convertido en un apartamento que usan los amigos que vienen de visita (¡y por supuesto con instalación eléctrica!).
Si teníamos prohibida la entrada al escondite grande, los demás, en cambio, eran de “nuestra propiedad” (recordando siempre la regla del aviso previo, claro está). En mi cuarto, -en semejante caserón todos teníamos nuestro cuarto-, el armario que como todo era inmenso, era además un pasillo que comunicaba con uno de las “madrigueras”. En aquella época era oscura y solo había en ella una cama, una silla y un perchero. Lo suficiente para que yo me escondiese cuando quería leer sin que mis hermanos viniesen a meterse conmigo... Era sobrio y algo triste, pero tenía una buena bombilla en el techo y estaba limpio: me bastaba. (La limpieza de nuestros escondites era cosa nuestra y condición sine qua non, revisada semanalmente, para que nos permitiesen seguir usándolos). Hoy por supuesto sigue estando ahí, pero también tiene acceso por el pasillo y se ha convertido en una habitación chiquita pero alegre, donde guardo algunos de los juguetes que colecciono y que no puedo guardar en mi propia casa. Pero os cuento un secreto: ¡yo sigo entrando a través del armario, porque me da la sensación de entrar en mi infancia de nuevo!   
El mayor de mis hermanos tenía su zulo en la planta baja. Yo casi nunca entraba ahí, porque el acceso era complejo y si la entrada no era fácil, para mí la salida siempre ha sido una aventura, así que lo evitaba y lo sigo evitando. Era un cubículo construido en el falso techo de un retrete. Nunca entendí esa ubicación: ¡qué desagradable podría haber resultado tener a alguien escondido ahí, si uno tenía que usarlo! Mi hermano no le daba importancia a eso, o quizás sí, porque en realidad siempre he pensado que hacía lo mismo que con los refrescos de la nevera: se los “reservaba”. La realidad es que casi nadie usaba aquel lavabo, no sé si porque sabíamos que él debía estar encima o por comodidad, igual que nadie bebía de las botellas de la nevera si él decía que se las había “reservado”. (Dejo a cada cual que imagine lo que nos contaba que había hecho al beber de ellas...) Nunca he sabido muy bien lo que tenía mi hermano allí arriba. Hoy en día hay maletas y enseres varios, que seguramente no tienen utilidad hace ya años.
Chaarles, mi otro hermano, usaba siempre el escondite del pasillo del primer piso, justo delante de su habitación. Se entraba en él apretando un panel del arrimadero de madera, después había que recorrer un par de metros en cuclillas hasta llegar a su paraíso. Aquel rincón no estaba nada mal y aunque decíamos que era el suyo, todos lo usamos bastante. No era tan grande como el del sótano, pero era igual de cómodo. La cama era alta, con un cajón enorme debajo y no tenía armario, pero sí muchos colgadores en la pared, como los que usábamos en la escuela para dejar nuestros abrigos.  En las paredes también había un montón de mapas con carreteras marcadas y notas que yo no entendía. Más tarde supe que tenían que ver con la época de Resistencia del abuelo... Ahí empezó Charles a diseccionar trenes a escala, a hacer copias de vagones antiguos y a imaginar circuitos imposibles... ¿Imposibles? ¡No! Siguen siendo su vida, en realidad ahora mucho más que nunca. Si en mi escondrijo hoy en día hay juguetes, en el de Charles hay trenes, montones de cajas de trenes, etiquetadas, ordenadas cuidadosamente en las estanterías que ha ido colocando.
Escondites y madrigueras aparte, el resto de la casa es hermoso. Si el abuelo se ocupó de comprar buenos muebles en su momento, papá con su pasión por la decoración, la escenografía y el mobiliario, se ha ocupado de conservarlos, restaurarlos y mantenerlos en perfecto estado a pesar de los años. En la planta baja no ha cambiado nada, excepto la decoración de las paredes, que ha ido siguiendo las tendencias de cada época. Los muebles son los mismos en su gran mayoría. Algunos se han modernizado con algún detalle, pero en general siguen intactos. La cocina es lo único que se ha ido renovando cada diez o doce años. Nunca ha llegado a ser una cocina moderna, porque papá no es amante de ese estilo, pero sí que se ha acondicionado a los tiempos y se ha modernizado dentro de su estilo clásico.
El resultado, es que hoy en día, a pesar de lo que pueda parecer, nuestra gran casa familiar no ha pasado de moda, sino todo lo contrario: ¡los que la ven por primera vez comentan que es un perfecto modelo de decoración vintage! Si ellos supieran...
En realidad esa casa de revista solo lo es en la planta baja: arriba están nuestras habitaciones y por supuesto siempre quisimos tenerlas muy “modernas”, así que han cambiado unas cuantas veces a lo largo de los años: probablemente nunca serán tan bonitas como la planta baja, de la que se encarga papá, ¡qué le vamos a hacer!
El resto de cuartos de la planta “de noche”, como siempre la hemos llamado, son grandes y muy luminosos, pero el mobiliario ha sido cambiante: cosas de papá y de su negocio. Siempre es impredecible lo que podemos encontrar al abrir una de esas puertas: será un dormitorio, seguro, pero el estilo es una incógnita.
Más arriba, las dos habitaciones de invitados, -las que se usaban antes de acondicionar el zulo grande del sótano-, muy bonitas, con cristaleras, una terraza llena de flores y un saloncito para los huéspedes. Y su baño, por supuesto, con entrada desde ambos cuartos. Y al lado, al final del pasillo de esa planta, el desván, que ocupa más o menos la mitad del piso y donde he entrado muy poco. Cuando mi hermano desarrolló su pasión por los trenes montó ahí sus primeras grandes maquetas, pero aparte de eso, nunca le hemos dado gran uso a esa buhardilla. 
El jardín de casa no ha cambiado nada desde que yo era pequeña... o muy poco. Es una gran extensión que rodea la casa, en su mayoría con césped, con parterres, zonas de flores, una rosaleda y una piscina... ¿una piscina? No, no, no. No exageremos. ¡Lo que hay en nuestro jardín es una charca!  El abuelo la hizo construir siendo yo muy cría, ni lo recuerdo, para mí siempre ha estado ahí. En realidad es casi una alberca, en la que no se puede uno apenas tirar de cabeza por miedo a partírsela contra la pared del otro lado... Siempre hemos pensado que era una de las pocas cosas casi inútiles que construyó el abuelo, porque el tiempo tampoco da para grandes temporadas de baño en Lyon... pero nos hemos divertido mucho en ella y siempre sirve para remojarse en los días más calurosos. También hay algunos árboles, que todos mimamos muchísimo. Tres de ellos tienen exactamente la misma edad que mis hermanos y yo: un ciprés, un pino y un olivo, que llevan nuestros nombres.
Y también está Pif. Pif es un abeto que debe hacer unos doce o trece metros de alto, es impresionante y tiene una salud de hierro. Pif llegó a casa en 1975 y era apenas una ramita. Pif era regalo de la revista que leíamos los tres en casa, Pif Gadget. Cuando en casa preguntamos si podíamos plantar aquella ramita, mamá le destinó un lugar, muy cerca de la puerta de la cocina. Años después, tuvimos que moverlo: ¡Pif estaba tan sano y crecía tanto que era evidente que no podía quedarse allí! Y ahí sigue, enorme, verde y elegante, dando cobijo a unas cuantas ardillas de lo más curiosonas e irreverentes, que a la mínima, ¡se cuelan en la cocina! También da sombra a Kali, Bitté, Médor y Ours algunos de nuestros perros, que se echan ahí su última siesta... Y por supuesto, luce lleno de colores, de brillos y de alegría en navidad, esperando que salgamos a saludarle y a recoger nuestros regalos. ¡Pif es tan importante en nuestras vidas, que creo que Papá Noël se ofendería y pasaría de largo si un día no lo ve en el jardín, saludando con las luces! El jardín, por supuesto, también es el feudo de los perros: los que estuvieron y los que todavía están, corretean felices y tienen unas casetas preciosas dónde dormir. (Que nadie se escandalice, a pesar de la prohibición, en los días más fríos, ¡duermen en casa!)
El resto del terreno que compró el abuelo, -porque se trataba de varias parcelas inseparables-, pasó mucho tiempo tras una valla, al fondo del jardín. Siendo mi padre y mis tías jovencitos, lo habían usado por lo visto para hacer algunas fiestas con sus amigos, pero durante mucho tiempo no tuvo otra utilidad. Hasta que mi padre tuvo una loca idea que... pero de nuevo esto, es otra historia. La de La Grande Porte, mi casa, nuestra casa, acaba aquí, de momento.


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