DES-ÉXITO

He llamado a estos episodios DES-ÉXITO, porque no quiero llamarlos de otra manera. Es un ejercicio en el que he permitido a algunos personajes que pueblan mi fantasía, que cuenten sus historias, que en principio parece que no son precisamente de fortuna...Pero la historia es suya, y las vidas son suyas, así que veremos dónde nos llevan estas historias....



I - PASCAL

La luz que se colaba a través de los agujeros de la vieja persiana le despertó,  casi violentamente, sin contemplaciones. Como de costumbre, giró la cara, molesto, culpando al sol de arrancarle de aquella manera de su universo de sueños. En realidad, tampoco le importaba excesivamente... No había dormido bien, no había tenido ensoñaciones maravillosas, por lo tanto, no era una tragedia haberse despertado. Añoró los días en que al abrir los ojos ya echaba de menos las imágenes oníricas, pero hacía demasiado tiempo que su descanso nocturno no era más que una costumbre y no alcanzó a revivir ninguna de aquellas experiencias...
La ducha ya no funcionaba. De hecho, era más fácil contar las cosas que funcionaban... Se lavó la cara deprisa, sin interés, solo por sacudirse los restos de pereza, con la certeza que solo podía borrarlos de su cara, pero que no los despegaría de su alma.
Por la ventana veía la vida en marcha: bolsas de la compra, carteras de escuela, billeteros ocupados... Quizás hoy sería el día. Aunque había deseado tantas veces lo mismo, que lo pensaba sin convencimiento.
Con la funda de la guitarra colgada, corrió calle abajo, intentando formar parte del ajetreo. 
Un ensayo más: ni mejor ni peor, uno más. Alguna discusión sin importancia; repeticiones, vueltas a empezar, correcciones... Veía como disfrutaban sus compañeros con cada nota, con cada acorde. Sus dedos solo obedecían a la rutina, lograba reproducir los sonidos sin dificultad, pero sin ilusión, también.
Siguiendo con esas costumbres ancladas en la monotonía, abrió a la hora de siempre la puerta del bar. Su mesa, su silla, las mismas manchas de café. Y las mismas caras.
La cara del escritor herido por su propia pluma; la del pintor de colores tristes; el rictus del poeta torturado; la mirada vacía del cantante anacrónico. Y la suya.
Se sentó junto a ellos, como siempre, en silencio. Buscó sus ojos intentando, una vez más, hallar la solución al enigma que los unía. Y cedió una vez más el triunfo a la pereza, a la resignación y al hastío.
No encontraría, tampoco hoy, respuesta.
Levantando el vaso, volvió a dejar para otro momento la resolución del misterio.




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