Depositó suavemente el recipiente sobre la mesa. Alargando
la mano, acercó los dedos al final del tejido brillante. Con la palma abierta,
sujetó fuertemente el paquete para que no volcase, mientras sus dedos se
cerraban sobre la cinta. Con un tirón continuado, consiguió que la primera
vuelta de satén se soltase, quedando extendida sobre el barniz del
tablero. El resto de fajín brillante
corrió la misma suerte, dejando al descubierto el alegre estampado del colorido
envoltorio. Poco a poco, parsimoniosamente para disfrutar de la sensación que
vivía, separó el papel de su soporte, intentando no romperlo, con mimo. Por fin,
apareció ante sus ojos el estuche: era de cartón, con grandes letras
metalizadas en relieve, que formaban un bonito círculo alrededor de la fotografía
de un ramo de flores. Al abrirlo, se mostraron ante sus ojos aquellas pequeñas
piezas de todas las formas. Las unas imitaban la forma de conchas marinas;
otras, querían parecerse a joyas labradas con cuidado.
-Muchas gracias, me encantan los bombones. ¿Queréis uno?
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