V - Dioni, Lorenza y Adela que tiene seis dedos



Mi casa era un lugar siempre lleno de gente. Bueno, quizás lo de lleno sea una exageración. Mi casa era un lugar donde siempre había gente. Aparte de la familia -tres niños y cinco adultos, más los que venían de visita-, por la tarde, cuando volvíamos de la escuela, solíamos encontrar algunas mujeres (planchadoras o costureras de los talleres), sentadas a la mesa de la cocina, que presidía el abuelo Richard. Aprendían a leer y a escribir. A mí aquello me parecía rarísimo: yo, que había tenido tanta prisa por aprender a descifrar las letras, no podía entender porqué aquellas “señoras” habían esperado tanto. Evidentemente, ni eran “señoras” en el sentido que yo le daba, puesto que la mayoría no tendrían mucho más de veinte años, ni habían tenido ninguna intención de no aprender a leer hasta esa edad. Pero todos esos detalles, tardé un tiempo en entenderlos...
Pasaron muchas por aquella mesa, porque desgraciadamente cuando venían a trabajar a la fábrica, la mayoría eran sino analfabetas, sí analfabetas funcionales. Aunque esto también lo aprendí más tarde... Me impresionaba que tuvieran tanta dificultad para aprender las letras y que no entendieran inmediatamente el sistema para juntarlas y hacer palabras. El abuelo necesitó de mucha paciencia para explicarme, no una sino mil veces, que el hecho de que yo tuviera facilidad no implicaba que otros la tuvieran. Pero la que de verdad encontró la manera de que yo comprendiera aquello fue Adela.
Adela era de Almería. Yo no tenía ni la más remota idea de dónde estaba eso, pero ella me explicó que estaba “delante de Argelia pero del lado de España”. Así lo dijo y yo lo acepté, me pareció una explicación clara, porque aunque no sabía dónde estaba Almería, sabía perfectamente donde estaba Argelia (Algeria, para mí, porque lo decía a la francesa y nunca entendí porque con la traducción se daba ese baile de consonantes. ¡Qué cosas más raras pasaban con el español!). Y es que ser argelino, para mí, era normal. Mucho más normal que ser de Almería ¡dónde vas a parar!  Mi mejor amiga, Faten, era argelina... y Lamia, y Adnan e Ilhem y... Vamos, que no era nada raro. Los argelinos hablaban como nosotros, francés. No como Adela que no lo hablaba apenas... Además, Adela era muchísimo más exótica que ellos: morenísima, con una melena por la cintura; con unos ojos inmensos... Y sobre todo, lo que más la diferenciaba de los argelinos y de cualquier otra persona que yo hubiese conocido, y lo que me reafirmaba en mi opinión de que era muy raro eso de ser de Almería, era que ¡Adela tenía seis dedos en la mano izquierda!  La pobre tenía que enseñarme la mano cada día y soportar que yo la cogiera, la mirase, la inspeccionase y le hiciera una y otra vez la misma pregunta: ¿te duele, Adela? Adela, que ni era rara, ni era ni un bicho extraño, era una mujer encantadora; sobre todo tenía una paciencia infinita conmigo. Jamás se ofendió, jamás se lo tomó a mal y cada vez, cada vez sin faltar ni una, me contestaba: “no, chiquilla, esto no duele, lo que duele es el hambre aquí dentro y eso me lo estoy sacando yo a golpes de plancha”. Pasaron años hasta que conocí toda la historia de Adela y entendí todo el significado y la profundidad de aquella respuesta.
Una tarde cuando regresé a casa Adela estaba ya recogiendo su cuaderno. Ella era siempre la última en marcharse, porque algunos días se quedaba para ayudar a recoger la casona, limpiar los cristales y adecentarlo todo un poco. Aquel día tocaba plancha. Para planchar, Adela siempre se instalaba en el sótano, porque había allí una plancha industrial retirada que el abuelo conservaba. Como Adela era planchadora en el taller del abuelo, ella prefería usar aquel armatoste en lugar de la fantástica plancha de vapor que solía usar mamá cuando era ella la que lo hacía. Bajé al sótano con Adela: me encantaba instalarme en una mesa delante de ella para hacer mis deberes y escucharla canturrear. Las canciones de Adela eran otra de las pruebas de que lo de su sexto dedo no era casual: cantaba cosas rarísimas que hablaban de gitanos, de gente que lloraba... unos dramones que me dejaban absolutamente boquiabierta. (No tengo la más mínima duda de que mi afición posterior a la copla es fruto de muchas tardes de planchado...). Aquel día, como casi siempre, yo había estado preguntando al abuelo antes de bajar al sótano, el porqué de la falta de cultura de aquellas mujeres... Y como siempre, el abuelo, con infinita paciencia pero con poco acierto, me había dicho un montón de cosas que seguramente eran ciertas, pero que yo no entendí.  En cuanto Adela tuvo su plancha a punto y el capazo de la ropa junto a ella, me soltó: “a ver, satélite, venacapacá. Hoy me vas a ayudar.  Vas a coger tu bata del cole y te la vas a planchar tú y de mientras la Adela va a doblar estos trapos y los va a poner en la leja. “ Yo, que era muy bien mandada, me levanté con ánimo de obedecer, pero una vez delante de aquella plancha, de su superficie doble y de aquellos cables colgantes, no supe qué hacer (tampoco lo hubiera sabido con un plancha doméstica, vamos).. .“¿Qué te pasa, criatura? Si t’has hecho una pechá de ver a la Adela planchar. Venga, que pa mañana es tarde.” Me sentí fatal. Era cierto que había pasado muchas horas viéndola planchar, tanto en los talleres como en casa. Sabía que había que levantar la tapa del cacharro, colocar la prenda, ponerle un paño encima, sacar las partes cortas para que quedasen colgando... en fin conocía los movimientos de Adela haciendo aquello perfectamente. “No sé. No sé hacerlo.” De repente lo entendí todo. Allí estaba Adela, una mujer que cantaba cosas rarísimas y tenía un acento que yo a duras penas entendía. Una mujer que tenía seis dedos en la mano izquierda y que manejaba la plancha con una soltura y una destreza extraordinarias. La mejor planchadora que teníamos. Una mujer joven que apenas sabía escribir, pero que había aprendido a cocinar, a planchar y a coser. Me sentí avergonzada de saber tantas cosas que ella ignoraba; me sentí culpable como si fuera yo la que le hubiese arrebatado la posibilidad de aprender todo aquello. Yo, que no era más que un renacuajo, hablaba francés, catalán, castellano y leía de corrido...  No pude retener las lágrimas y corrí a refugiarme contra ella. “Ea, que no pasa ná. Que tú que eres mu lista y el agüelo que es mu güeno me vais a enseñar a mí to lo que yo no sé. ¿A que sí? ¿Que la Adela tiene seis dedos? ¡Pues habrá qu’aprovecharlos, digo yo! “. Aquel día con “la Adela” aprendí lo que el “agüelo” no había logrado hacerme entender.  Entendí que lo que no se sabe se puede aprender y que nunca es tarde. Aprendí que cada uno tiene sus virtudes y que la fuerza de voluntad es un motor de muchos caballos. Ah, y aquel día, además, y para que se sepa, ¡aprendí a planchar con una plancha industrial! 
A aquellas mujeres me unía una relación difícil de definir. No eran mi familia, pero yo las veía a todas como primas, tías o abuelas. No tenían porqué preocuparse de la mocosa preguntona que daba vueltas alrededor de la mesa donde ellas estudiaban, pero en lugar de sentirse molestas, contestaban a todas mis curiosidades como verdaderas profesoras de la vida. Y probablemente fueron mis profesoras en más de una materia. En casa me enseñaban a no poner los codos en la mesa, a no hablar más de lo debido (aunque en eso fracasaron estrepitosamente), a pedir las cosas por favor y a tratar a todo el mundo igual. Con ellas aprendí que el mundo no se acababa en el límite que marcaban las paredes protectoras de mi casa, que había otra manera de vivir, que a veces las cosas no eran tan fáciles como a mí me parecían...
Dioni era la mayor de las empleadas del abuelo. Lo habitual era que fueran todas muy jóvenes, al menos cuando llegaban, claro. Dioni llegó cumplidos ya los cuarenta. Era bajita, delgada y muy sonriente. Recuerdo perfectamente que cuando llegó parecía mucho mayor de lo que era en realidad y que con el pasar del tiempo, fue volviéndose cada vez más joven... Cuando repaso las fotos compruebo que no era una impresión de la niña preguntona, es absolutamente real. Dioni cambió: el moño desapareció, primero para dejar descubrir un cabello largo y fino, muy canoso, pero precioso. Luego para dar paso a un corte moderno, con patillas exageradas que le daba un aire de niña pillastre, sorprendente. Y descubrió el color: de las batitas sencillas, negras, grises, tristonas, pasó a los vestidos de domingo estampados, a los jerséis de rayas alegres y desenfadados... Todos fuimos testigos de aquella metamorfosis tardía y todos nos alegramos de ella. La Dioni chiquitina dio paso a la Dioni pequeña pero matona: su sonrisa, que siempre había sido como un día de sol, se convirtió en todo un verano. Dioni era la alegría de la huerta incluso cuando todavía se escondía en sus vestiditos negros: a pesar de su aparente timidez, ella era la que animaba siempre el cotarro. Cuando se celebraba la Navidad, el día del santo de alguna de ellas o cualquier otra fiesta, Dioni era siempre la que llevaba la voz cantante, la que organizaba todo, la que se encargaba de que nadie sintiese aquel día más nostalgia de la estrictamente necesaria y de que todo el mundo fuese feliz.
Con el tiempo, Dioni volvió a su pueblo. Algunas volvían, antes o después, pero muchas se quedaron. Dioni regresó, aunque la que hizo el camino de vuelta en realidad fue Deni, la versión tuneada de Dioni. Y desafiando al tiempo y a la edad, ahí sigue en Nueva Carteya, pequeña, sonriente, con más energía que muchos jóvenes y unas ganas de vivir y de hacer cosas, envidiable. Han pasado muchos años y muchas cosas, pero Deni nunca ha permitido que volviese Dioni. Cada año la visito durante unos días y siempre he sido acogida como una nieta más. No ha dejado nunca de agradecerme todo lo que el abuelo hizo por ella, pero en realidad soy yo la que le debo a ella que me enseñase tantas cosas... ¿Cuándo dije que no eran de mi familia? No, no es cierto. Las planchadoras, las costureras, todas, eran mi familia. Su generosidad no era comparable a nada: nosotros solo les ofrecíamos una posibilidad de salir adelante, pero ellas nos entregaban su vida, sus experiencias y nos enseñaron a ser mejores personas.
Lorenza era una lagartija. Nunca paraba quieta. Me tenía embobada con aquella cara preciosa, con unos hoyuelos tan profundos que me hubiese perdido en ellos. Su especialidad era el bordado: de aquellas manos regordetas salían unos trabajos tan finos y delicados que el abuelo, al cabo de poco tiempo le aconsejó que dejase la fábrica y se dedicase a tiempo completo a ofrecer sus servicios como bordadora. Recuerdo que al principio de intentarlo no dejó su puesto de modista, por miedo a quedarse sin ingresos. Pero los encargos fueron tantos y tan seguidos, que la desgraciada apenas descansaba. Una mañana el abuelo la encontró casi dormida encima de su máquina y la pobre Loren se echó a llorar pensando que el despido sería inminente... No hubo tal, claro. El abuelo la ayudó todo lo que pudo, le dio vacaciones para que tuviese tiempo de acabar sus encargos pero sobre todo le pidió que ni se le ocurriese dejar de venir a las clases de alfabetización. Ahora más que nunca iba a necesitar aprender mucho... Me alegro de que siguiese los consejos del “patrón” y de haber podido disfrutar de ella mucho tiempo: no solo siguió con su aprendizaje, sino que se convirtió en una de las mejores amigas de la familia. Con el tiempo se casó con Léon, el contable y uno de los pocos “nativos” de la plantilla. Y aunque ahora es una feliz jubilada, sus cuatro hijos siguen con el negocio familiar y todavía hay muchas casas en la región del Ródano que consideran que tener una mantelería o un juego de cama con bordados del Atelier Millier es tener una joya.  Entre ellos yo misma. Hubiese sido difícil no aprender de Lorenza el gusto por el detalle, por la belleza y por lo delicado y sobre todo, el amor por las cosas hechas a mano y con mimo. Desgraciadamente yo nunca he obtenido los resultados de sus piezas, pero es que ¡yo no tengo ni las manos ni el arte que tiene Loren!
Hubieron muchas, muchas más.  Absolutamente todas dejaron su huella en nosotros. Siempre mantuvimos contacto con las que marcharon y siempre nos alegramos con cada uno de sus éxitos. El gran triunfo del abuelo no fue su fábrica, su gran triunfo fue la gran puerta que abrió a tantas buenas personas.     


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